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Hace 22 años tuve un ACV por un
aneurisma. Recibí una excelente
atención, me colocaron dos stents y
luego me indicaron profilaxis
secundaria. Mi médico me prescribió
lo que yo denominé “Ultimopril”. La
que, entonces, era la última versión
de Inhibidores de la Enzima
Convertidora. Ese nuevo nieto del
enalapril costaba casi 7 veces más
que su abuelo.
El doctor me explicó que, según las
evidencias disponibles de trials
robustos, el ultimopril no tiene
efectos hipotensores
significativamente mejores que el
enalapril, pero sí permite mayor
recuperación de la elasticidad
arterial. Por lo cual, no dudé en
incorporar al ultimopril a mi vida
cotidiana.
Según mis cálculos, llevo invertidos
en ultimopril unos 7 mil dólares. No
es demasiado si considero que mi
abuelo murió a los 50 años,
presumiblemente por un derrame
cerebral y mi madre lo hizo a los
62. Quiero decir, me siento
afortunado y agradecido por haber
accedido a un diagnóstico y
tratamiento oportunos, así como a
una profilaxis secundaria efectiva
que me permite continuar haciendo
muchas cosas.
Entre ellas, escribir estas líneas,
haber visto crecer a mi hijo junto a
mi mujer y haber disfrutado de las
navidades y los cumpleaños con mis
hermanos. Considero esos logros como
regalos de Dios, de la medicina
argentina, pero también de la
industria farmacéutica.
A lo largo de estos más de veinte
años de sobrevida, viví en algunos
países y viajé por muchos más. Fue
así como descubrí que si fuera
español no hubiera gastado un
centavo en adquirir ultimopril.
Cuando mi hijo estudiaba en Navarra
le encargaba en cada viaje que me
traiga algunas cajas. Aun sin la
cobertura de la sanidad, como el
Estado regula precios el ultimopril
me costaba un quinto de lo que lo
pagaba en la Argentina.
También, en ocasiones, se lo he
pedido a mi hermano que trabaja en
Brasil, donde cuesta la mitad que en
mi país. En Panamá, donde viví once
años, el ultimopril cuesta 3 veces
los que yo lo pagaba en la
Argentina. Por lo cual me persuadí
de que en cada viaje a la patria
debía aprovisionarme.
Mi sorpresa fue cuando me mudé a
Nueva York, porque el frasquito con
30 comprimidos del ultimopril del
mismo fabricante que yo adquiría en
la Argentina a 35 dólares me costaba
8. Ahora que vivo en Kenia lo pago
solo 4 dólares. También la misma
marca.
Una vez, trabajando en República
Dominicana me compré el ultimopril
más barato y descubrí que era de un
laboratorio argentino. El
vencimiento de la patente y la
inmediata aparición de copias me
ilusiono. Probablemente, desde
entonces dejó de llamarse ultimopril
para ser el penultimopril. Pero para
mí lo importante es que ya había al
menos dos versiones en el mercado
Argentino.
Lo insólito es que la copia en la
Argentina se vende a un precio mayor
que el original. He llamado a este
fenómeno “efecto murciélago” porque
se cuelgan del techo. No tenemos
competencia, sino dos pro- ductos
oligopólicos que, en lugar de
competir por el precio de venta al
público, lo hacen por el contrato
con las obras sociales y prepagas.
Hay algunos inadvertidos que llaman
a eso “genéricos de marca” sembrando
confusión. Genérico de marca es un
oxímoron. Lo que es genérico no
tiene marca. Se trata, en realidad
de copias o de medicamentos
similares a los originales, pero
que, como decía antes, no compiten
con estos por precios. Porque se las
arreglan para configurar su propio
monopolio y, por lo tanto, también
detentan precios mayores. Como si
fueran productos únicos.
No son genéricos, son “baticopias”,
copias murciélago, porque como esos
animales, se cuelgan del techo.
Incluso en el caso del ultimopril,
la copia se vende más cara que el
original.
Pero ¿qué significa para los
pacientes que las baticopias se
vendan más caras? Voy a dar un
ejemplo, en Brasil el Estado combate
a las baticopias forzándolas a
convertirse en genéricos. Eso
significa que se comercializan sin
nombre de fantasía, pero, además,
que son obligados a venderse a un
precio al menos 35% menor que el
precio del producto que detentaba la
patente.
En otras palabras, si en lugar de
ser argentino fuera brasileño no
hubiera pagado 7 mil dólares sino
4.500 dólares en mi tratamiento. En
España hubiera pagado unos 800 euros
a lo largo de las dos décadas si
fuera ilegal. Hubiera pagado la
mitad de eso si fuera residente
legal y contara con la cobertura de
la sanidad. Y no hubiera pagado nada
si además fuera pobre.
En conclusión, cuánto me costó hasta
ahora que la Argentina no tenga
genéricos sino baticopias. Por lo
menos cuatro meses de trabajo en
estas últimas dos décadas tuve que
trabajar no para pagar mi medicación
sino para pagar el costo de
transacción que implica el que no
haya competencia.
¿Cómo se podría reducir ese costo de
transacción? Haciendo lo que hacen
todos los países desarrollados,
incorporando competencia genérica.
Esto no es solo habilitar al
farmacéutico a sustituir. Porque el
incentivo para el farmacéutico es a
dispensar el producto que le deja
mayor margen.
Tampoco es obligar a los médicos a
hacer la receta por Denominación
Común Internacional. Mientras el
paciente no sepa que hay múltiples
proveedores del producto no estará
empoderado para tomar decisiones que
optimicen su gasto.
Lo que hace falta es eliminar en
forma progresiva las baticopias y
forzarlas a convertirse en
genéricos. Es decir, forzar a los
proveedores a competir por precios.
¿Cuánto cuesta eso? ¿Cuánto debería
invertir el Estado para hacer lo que
hace Brasil y todos los países de la
OCDE? Nada. Absoluta- mente nada. O
tal vez, si, el costo de fortalecer
las capacidades de la ANMAT para
garantizar la equivalencia
terapéutica en todos los casos.
No estoy seguro si está ANMAT hoy en
condiciones operativas de evaluar la
equivalencia terapéutica de todos
los medicamentos. Lo que sí puedo
afirmar con absoluta seguridad es
que el paciente no puede evaluar
equivalencia terapéutica.
Entre el 35% y el 45% de los
argentinos tienen enfermedades
crónicas y requieren de medicamentos
para su tratamiento. Es decir que
casi la mitad de los argentinos se
vería
beneficiada por una política de
genéricos que, como en mi caso, a lo
largo de dos décadas le permitiría
ahorrar el equivalente a al menos
cuatro meses de trabajo.
Durante años pagué por mi
tratamiento no sólo el valor del
medicamento, sino el costo de un
mercado que nunca llegó a ser
competitivo. Allí donde esa
competencia finalmente se organiza,
los pacientes pagan menos, adhieren
más y viven mejor.
De eso se trata esta discusión: no
de nombres comerciales, sino de
construir mercados que funcionen al
servicio de la salud.
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Asesor global en
Financiamiento para el
Desarrollo del Fondo de
Población de Naciones
Unidas. |
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