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“En casi
todos los sectores, el usuario pasó
de ser un sujeto pasivo a un actor
informado.
En salud, en cambio, el paciente
sigue navegando a ciegas”.
En 1995 mi jefe, Ginés, me invitó a
comer un asado en una casa que había
alquilado en El Cazador, en el
municipio de Escobar. Me sentí muy
honrado, yo era nuevo, apenas estaba
llegando al país luego de haber
pasado varios años estudiando
afuera. Quería ir, pero tenía un
problema: no tenía un vehículo para
llegar. Quedaba a 55 Km. No sabía
cuánto me costaría un taxi, cuánto
tardaría, si el conductor era
confiable, si me llevaría de paseo
por el Conurbano Bonaerense, o si,
directamente, me dejaría plantado.
Ir implicaba aceptar un alto nivel
de incertidumbre.
Recuerdo que entonces tenía un dolor
de rodilla y me preocupaba no saber
a quién consultar. ¿Un clínico? ¿Un
traumatólogo? ¿Un kinesiólogo? ¿Cuál
era recomendable? ¿Cómo saber si era
confiable? ¿Qué no me pediría
estudios o tratamientos
innecesarios?
Entonces pensé que vivía la misma
incertidumbre tanto al viajar como
al requerir atención médica.
Este verano, treinta años más tarde,
fui yo quien alquiló una quinta en
El Cazador. El transporte no fue
ningún desafío. En menos de un
minuto podría tomar una decisión
informada. A través de una
aplicación en mi teléfono veía
cuánto cuesta el viaje, cuánto
tarda, quién es el conductor, qué
reputación tiene y hasta qué opinan
otros usuarios.
El transporte dejó de ser una
apuesta y pasó a ser un servicio con
precio de commodity, predecible y
amigable. La mayor conquista no es
tecnológica. Es gerencial. Cambió el
lugar del usuario: pasó de ser un
sujeto pasivo a un actor informado,
capaz de comparar, elegir y evaluar.
Como todos los veranos, también este
año exageré con el sol. (Uno de mis
mayores placeres es acostarme a
leer, flotando en una colchoneta
inflable, en medio de una pileta).
Me aparecieron manchas que me
preocuparon, por lo que decidí
consultar a un dermatólogo.
Como de costumbre, primero pedí
referencias. Llamé por teléfono a
cinco consultorios y ninguno me daba
turno antes de mi regreso a la
ciudad donde vivo (al otro lado del
mundo, literalmente). De modo que
comencé a llamar a diferentes
médicos a quienes ni conocía ni
tenía referencias. No sabía cuándo
me atenderían, cuánto me cobrarían o
si me pedirían estudios y
tratamientos innecesarios.
Reflexioné que la experiencia de
usuario de transporte mejoró mucho
más que la experiencia de paciente.
Pensé que era comprensible que los
pacientes perdieran la paciencia. No
es que la medicina no haya
incorporado tecnología. Sabemos que
es todo lo contrario.
Hace treinta años un diagnóstico de
HIV era una sentencia de muerte. Hoy
es una enfermedad crónica. Hoy el
95% de las hepatitis C se curan. (O,
mejor dicho, se podrían curar). La
Leucemia mieloide crónica se ha
transformado en una enfermedad
controlable. Hay una vacuna que
previene el HPV, la principal causa
de cáncer cervicouterino. Y, sin
embargo, mientras la medicina
revolucionó la biología, el sistema
de salud no logró transformar la
experiencia del paciente.
Hace quince años que vivo fuera de
la Argentina y sé que no se trata de
un problema nacional. He vivido en
tres países y he trabajado (y a
veces he sido atendido como
paciente) en un par de docenas de
países. Estoy convencido de que no
es un problema argentino. Lo
inquietante es que, tres décadas
después, en la mayoría de los
sistemas de salud del mundo, esa
experiencia no ha mejorado
sustancialmente.
Hoy, cuando un paciente necesita
atención médica, continúa sin saber
con claridad cuánto le va a costar,
cuánto va a tardar en ser atendido y
en curarse, qué calidad tiene el
profesional o cómo fue la
experiencia de otros pacientes.
Incluso en sistemas de países
desarrollados, esta información es
fragmentaria, difícil de interpretar
o inexistente.
Desde la economía, esto fue
analizado hace más de medio siglo
por Kenneth Arrow, quien explicó que
la salud es un mercado atravesado
por profundas asimetrías de
información. (1) Lo que Arrow no
anticipó es que otros sectores con
problemas similares -como el
transporte o el turismo- lograrían
reducir esa asimetría, mientras que
la salud permanecería prácticamente
intacta.
Desde la sociología, Eliot Freidson
mostró cómo la profesión médica
consolidó su autoridad sobre la base
del monopolio del conocimiento,
limitando la capacidad del paciente
de cuestionar o elegir. (2) Y desde
la antropología médica, Arthur
Kleinman introdujo el concepto de
illness experience, mostrando que la
enfermedad no es solo un hecho
biológico (disease), sino una
vivencia subjetiva que los sistemas
de salud rara vez incorporan en su
diseño. (3)
Lo que tenemos, entonces, es un
sistema que organiza la oferta, pero
ignora la experiencia. Un sistema
que se mira el ombligo. Y eso tiene
consecuencias concretas.
No es solo una cuestión de
percepción. Una revisión sistemática
publicada en BMJ Open encontró que
una mejor experiencia del paciente
se asocia de forma consistente con
mejores resultados clínicos y mayor
adherencia a los tratamientos. (4)
Sin embargo, según la OMS, hasta el
50% de los pacientes con
enfermedades crónicas no siguen
correctamente sus tratamientos. (5)
Muchas veces no por falta de acceso,
sino por falta de comprensión,
acompañamiento o confianza.
El costo no es menor. En Estados
Unidos, la falta de adherencia
-frecuentemente vinculada a una mala
experiencia del paciente- genera
costos estimados entre 100 y 300 mil
millones de dólares anuales. Es
cierto que la experiencia como
paciente en Argentina es mucho más
agradable que en Estados Unidos.
Durante el tiempo que viví allí hice
varias consultas médicas. Pero nunca
un doctor me miró a los ojos.
Mientras que en otros sectores la
experiencia del usuario es un activo
estratégico. En salud, sigue siendo
una externalidad. Y esa omisión
tiene un costo. Un costo en
diagnósticos tardíos, en
tratamientos abandonados, en la
duplicación de estudios y en el
gasto ineficiente. Pero, sobre todo,
tiene un costo en términos de
confianza. O, mejor dicho, un costo
en paciencia.
Porque un paciente que no entiende,
que no puede anticipar, que no puede
comparar, es un paciente que navega
el sistema a ciegas.
La paradoja es que ya sabemos cómo
resolver esto. No se trata de “uberizar”
la salud, sino de hacer algo más
básico: reconocer que la experiencia
del paciente es un insumo esencial
del sistema. Eso implica
transparentar la información, medir
sistemáticamente la experiencia,
incorporar la voz del paciente en el
diseño de los servicios y alinear
los incentivos para que esa
experiencia importe.
Durante décadas dijimos que el
paciente debía estar en el centro.
Pero un sistema que no mide su
experiencia, que no la compara y que
no la usa para tomar decisiones, en
realidad lo mantiene en la
periferia.
No es la complejidad del sistema lo
que nos deja a ciegas. Es haber
naturalizado que el paciente no vea.
No es que falte información en
salud. Es que la información nunca
fue pensada para el paciente.
Y la opacidad, en salud, también
enferma.
Bibliografía:
1) Arrow, K. J. (1963). Uncertainty
and the welfare economics of medical
care. American Economic Review.
2) Freidson, E. (1970). Profession
of Medicine
3) Kleinman, A. (1980). Patients and
Healers in the Context of Culture.
4) Doyle, C., Lennox, L., & Bell, D.
(2013). A systematic review of
evidence on the links between
patient experience and clinical
safety and effectiveness. BMJ Open.
5) World Health Organization (2003).
Adherence to long-term therapies:
evidence for action.
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Asesor global en
Financiamiento para el
Desarrollo del Fondo de
Población de Naciones
Unidas. |
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