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Debate


¿CUÁNTO NOS CUESTA EL EFECTO MURCIÉLAGO EN LOS MEDICAMENTOS?

Por Federico Tobar 


Hace 22 años tuve un ACV por un aneurisma. Recibí una excelente atención, me colocaron dos stents y luego me indicaron profilaxis secundaria. Mi médico me prescribió lo que yo denominé “Ultimopril”. La que, entonces, era la última versión de Inhibidores de la Enzima Convertidora. Ese nuevo nieto del enalapril costaba casi 7 veces más que su abuelo.
El doctor me explicó que, según las evidencias disponibles de trials robustos, el ultimopril no tiene efectos hipotensores significativamente mejores que el enalapril, pero sí permite mayor recuperación de la elasticidad arterial. Por lo cual, no dudé en incorporar al ultimopril a mi vida cotidiana.
Según mis cálculos, llevo invertidos en ultimopril unos 7 mil dólares. No es demasiado si considero que mi abuelo murió a los 50 años, presumiblemente por un derrame cerebral y mi madre lo hizo a los 62. Quiero decir, me siento afortunado y agradecido por haber accedido a un diagnóstico y tratamiento oportunos, así como a una profilaxis secundaria efectiva que me permite continuar haciendo muchas cosas.

Entre ellas, escribir estas líneas, haber visto crecer a mi hijo junto a mi mujer y haber disfrutado de las navidades y los cumpleaños con mis hermanos. Considero esos logros como regalos de Dios, de la medicina argentina, pero también de la industria farmacéutica.
A lo largo de estos más de veinte años de sobrevida, viví en algunos países y viajé por muchos más. Fue así como descubrí que si fuera español no hubiera gastado un centavo en adquirir ultimopril. Cuando mi hijo estudiaba en Navarra le encargaba en cada viaje que me traiga algunas cajas. Aun sin la cobertura de la sanidad, como el Estado regula precios el ultimopril me costaba un quinto de lo que lo pagaba en la Argentina.
También, en ocasiones, se lo he pedido a mi hermano que trabaja en Brasil, donde cuesta la mitad que en mi país. En Panamá, donde viví once años, el ultimopril cuesta 3 veces los que yo lo pagaba en la Argentina. Por lo cual me persuadí de que en cada viaje a la patria debía aprovisionarme.
Mi sorpresa fue cuando me mudé a Nueva York, porque el frasquito con 30 comprimidos del ultimopril del mismo fabricante que yo adquiría en la Argentina a 35 dólares me costaba 8. Ahora que vivo en Kenia lo pago solo 4 dólares. También la misma marca.
Una vez, trabajando en República Dominicana me compré el ultimopril más barato y descubrí que era de un laboratorio argentino. El vencimiento de la patente y la inmediata aparición de copias me ilusiono. Probablemente, desde entonces dejó de llamarse ultimopril para ser el penultimopril. Pero para mí lo importante es que ya había al menos dos versiones en el mercado Argentino.
Lo insólito es que la copia en la Argentina se vende a un precio mayor que el original. He llamado a este fenómeno “efecto murciélago” porque se cuelgan del techo. No tenemos competencia, sino dos pro- ductos oligopólicos que, en lugar de competir por el precio de venta al público, lo hacen por el contrato con las obras sociales y prepagas.
Hay algunos inadvertidos que llaman a eso “genéricos de marca” sembrando confusión. Genérico de marca es un oxímoron. Lo que es genérico no tiene marca. Se trata, en realidad de copias o de medicamentos similares a los originales, pero que, como decía antes, no compiten con estos por precios. Porque se las arreglan para configurar su propio monopolio y, por lo tanto, también detentan precios mayores. Como si fueran productos únicos.
No son genéricos, son “baticopias”, copias murciélago, porque como esos animales, se cuelgan del techo. Incluso en el caso del ultimopril, la copia se vende más cara que el original.
Pero ¿qué significa para los pacientes que las baticopias se vendan más caras? Voy a dar un ejemplo, en Brasil el Estado combate a las baticopias forzándolas a convertirse en genéricos. Eso significa que se comercializan sin nombre de fantasía, pero, además, que son obligados a venderse a un precio al menos 35% menor que el precio del producto que detentaba la patente.
En otras palabras, si en lugar de ser argentino fuera brasileño no hubiera pagado 7 mil dólares sino 4.500 dólares en mi tratamiento. En España hubiera pagado unos 800 euros a lo largo de las dos décadas si fuera ilegal. Hubiera pagado la mitad de eso si fuera residente legal y contara con la cobertura de la sanidad. Y no hubiera pagado nada si además fuera pobre.
En conclusión, cuánto me costó hasta ahora que la Argentina no tenga genéricos sino baticopias. Por lo menos cuatro meses de trabajo en estas últimas dos décadas tuve que trabajar no para pagar mi medicación sino para pagar el costo de transacción que implica el que no haya competencia.
¿Cómo se podría reducir ese costo de transacción? Haciendo lo que hacen todos los países desarrollados, incorporando competencia genérica. Esto no es solo habilitar al farmacéutico a sustituir. Porque el incentivo para el farmacéutico es a dispensar el producto que le deja mayor margen.
Tampoco es obligar a los médicos a hacer la receta por Denominación Común Internacional. Mientras el paciente no sepa que hay múltiples proveedores del producto no estará empoderado para tomar decisiones que optimicen su gasto.
Lo que hace falta es eliminar en forma progresiva las baticopias y forzarlas a convertirse en genéricos. Es decir, forzar a los proveedores a competir por precios.
¿Cuánto cuesta eso? ¿Cuánto debería invertir el Estado para hacer lo que hace Brasil y todos los países de la OCDE? Nada. Absoluta- mente nada. O tal vez, si, el costo de fortalecer las capacidades de la ANMAT para garantizar la equivalencia terapéutica en todos los casos.
No estoy seguro si está ANMAT hoy en condiciones operativas de evaluar la equivalencia terapéutica de todos los medicamentos. Lo que sí puedo afirmar con absoluta seguridad es que el paciente no puede evaluar equivalencia terapéutica.

Entre el 35% y el 45% de los argentinos tienen enfermedades crónicas y requieren de medicamentos para su tratamiento. Es decir que casi la mitad de los argentinos se vería
beneficiada por una política de genéricos que, como en mi caso, a lo largo de dos décadas le permitiría ahorrar el equivalente a al menos cuatro meses de trabajo.
Durante años pagué por mi tratamiento no sólo el valor del medicamento, sino el costo de un mercado que nunca llegó a ser competitivo. Allí donde esa competencia finalmente se organiza, los pacientes pagan menos, adhieren más y viven mejor.
De eso se trata esta discusión: no de nombres comerciales, sino de construir mercados que funcionen al servicio de la salud.
(*) Asesor global en Financiamiento para el Desarrollo del Fondo de Población de Naciones Unidas.

 
 

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