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 Columna

    

Reflexiones sobre la pandemia

Por el Prof. Dr. Miguel Ángel Schiavone (*)


Nunca imaginamos vivir una pandemia con sus secuelas de enfermedad, dolor, sufrimiento y muerte. ¿Será este un punto de inflexión en nuestra historia? ¿Seremos más humanos, más solidarios? ¿El bien común suplirá al creciente egoísmo? ¿El consumismo dará paso a un ecologismo? ¿El sentido de la vida y la trascendencia superarán la autorrealización ¿Olvidará la humanidad estos críticos momentos y las reflexiones que surgieron? ¿El virus habrá detenido a la humanidad en su carrera enloquecedora, en esa aceleración sin sentido de la historia y la vida? ¿Qué será de esa cultura humanista que cultivamos durante tantos años? ¿Seguiremos siendo iguales, pero ahora solo con un barbijo para ocultar nuestro fracaso? Para evitar el olvido es necesario recordar, reiterar, repetir y repetir.

El hombre “todo poderoso” se redescubrió como débil y vulnerable ante un invisible organismo viviente.

El ser humano que se consideraba omnipotente, dominador de la tierra y del resto de los seres vivientes, que ocupo “pandémicamente” el mundo, se recluyó asustado en su “caverna”. La cultura que idolatraba al triunfalismo de bienes materiales, de derechos, de tecnología, engañó al ser humano quien creyó haber usurpado el poder creador de Dios. Pero hoy recuerda que es una débil criatura, vulnerable ante un ser invisible a sus ojos. Un virus que le dice “yo también quiero un espacio en este planeta y hay otros seres vivos que luchan igualmente por encontrar un lugar”.

“La finitud de la vida”.

Se visibiliza ante el dolor de la enfermedad y la muerte que la pandemia nos enrostra. La modernidad tendió a cerrarse frente a la trascendencia, pero la pandemia nos obliga a recordar que no somos inmortales, que la vida no se agota en la mera existencia terrena. Según Tati Soler “Cuando el ser humano abrace la finitud de su vida, al fin gozara del infinito milagro de vivir”. La religión externaliza nuestra espiritualidad, y esta nos impulsa a la experiencia de la trascendencia.

El temor al contagio “humanizó” a las personas que comenzaron a preocuparse por la salud del “otro”.

El dolor y la enfermedad del otro nos preocupa, las enfermedades infectocontagiosas hacen más visible esta preocupación, pero solo por temor al contagio. La enfermedad y el dolor del otro siempre te llegan, será a través un virus, una bacteria, un mosquito o a través de la violencia social. Esta inquietud impulsada por el temor debería estar guiada por el amor al otro.
El ser humano forma parte del tejido social, así como una célula forma parte de un tejido biológico. La enfermedad de una célula seguramente afectará al resto. En su encíclica Fratelli tutti el Papa Francisco, hace un aporte a la reflexión para que, frente a las diversas actitudes para eliminar o ignorar a otros, seamos capaces de expresar un sentimiento de fraternidad y de amistad social que trascienda las palabras.

El ecosistema encontró que el agente etiológico de su enfermedad era el hombre viralizando el planeta.

El daño ambiental que propició la humanidad contribuyó al desarrollo de esta pandemia y favorecerá las que vendrán en un futuro no muy lejano. En los últimos dos siglos nos encargamos de “extirpar”, término que prefiero al de “extraer”, recursos de las entrañas de la tierra para transformarlos en petróleo, gas y carbón. Al consumo de fósiles se le agregó la desforestación del planeta, la contaminación de las aguas y las siembras de monocultivos. Las especies animales están en extinción y su espacio es ocupado por animales para el consumo humano. El cambio climático provocó movimientos de la población y de otras especies; la vida animal y la humana se acercaron como consecuencia del cambio climático y sus virus viajaron junto a ellos.
Al fenómeno de que el virus exista, pero no entre en contacto con nuestra especie se lo conoce como “huésped de final del camino” (dead-end host). Diversos estudios sugieren que una mayor diversidad de especies, incrementan las posibilidades de que el virus no llegue nunca a las personas. Los mercados húmedos y la ingesta de animales exóticos completaron el cuadro de un homo sapiens consumista y depredador. Ya en 2015 el Papa Francisco en Laudato Si nos alertaba sobre el daño que le estábamos ocasionando a la madre tierra.

Todos estamos expuestos, pero no en la misma magnitud.

La pandemia demostró que frente a un agente agresor como el Covid-19 todos somos susceptibles y expuestos a riesgo, pero la magnitud de esa exposición no es la misma para toda la población, así como tampoco la accesibilidad al sistema de atención de la salud. Gran parte de la población vive bajo la línea de pobreza.
Las condiciones de hábitat impiden el distanciamiento social, hacinamiento y viviendas precarias favorecen la difusión viral. Niños y adultos que comparten cochones para dormir. Viviendas sin agua potable o en algunos casos sin agua, hacen utópica la recomendación de la higiene de manos. Como en el caso del hundimiento del Titanic, todos estaban en el mismo barco, pero algunos viajando en primera clase accedieron a los botes salvavidas mientras que las otras categorías no tuvieron igual posibilidad.

Las estadísticas volvieron a confirmar que se pueden utilizar para confundir a la opinión pública con notable razonabilidad.

Un ministro de salud relativizó una noticia periodística que decía que su país en el mes de octubre tenía en la región la tasa de mortalidad por Covid-19 más alta, y decidió que era mejor publicar que en noviembre su país era el que había tenido el mayor descenso de esa misma tasa… No hace falta alterar los resultados estadísticos, solo hay que ver la forma y el momento en que se presentan. Anunciar cuantas vacunas se administraron no es lo mismo que informar que porcentaje de la población recibió las dos dosis para llegar al 80% de cobertura que requiere la inmunidad de rebaño. Las estadísticas no mienten, pero los que las presentan las manipulan. El sector salud de la Argentina tiene una importante deficiencia en cuanto a la demora y oportunidad en que las estadísticas son presentadas y utilizadas para la toma de decisiones.

Un sistema de salud ineficiente, inequitativo y falto de calidad.

Fue necesaria una pandemia para recordar que nuestro sistema de salud está fragmentado, segmentado, sin políticas de recursos humanos, sin gestión y cargado de una retórica dialéctica inconducente. Un sistema que no se resuelve con más equipamiento o más camas, tampoco “importando” médicos generalistas con formación mínima y básica como para desempeñarse en el primer nivel de atención; sino que requiere de una verdadera reingeniería, una reconversión integral que proponga un nuevo modelo de atención, de gestión y de financiamiento.
Reforma que no debe ser a través de una revolución sino una evolución del sistema, reforma que no atente contra la libertad de elección, reforma que respete al sector privado ya que su afiliación es voluntaria, reforma que garantice la equidad dentro de cada uno de los subsectores, reforma que promueva la calidad asistencial, reforma que revierta la ineficiencia del actual sistema, reforma que considere su propia sustentabilidad.

Un falso debate entre salud y economía.

Volvimos a confundirnos en el debate si la enfermedad lleva a la pobreza o la pobreza lleva a la enfermedad. Ambas están íntimamente relacionadas. Desde hace más de un siglo Chadwick nos enseñó que enfermedad y pobreza forman parte de un círculo vicioso en donde una retroalimenta a la otra.
También R. Virchow afirmaba que una epidemia es un fenómeno social con algunos aspectos médicos en donde se debe valorar la salud de la población, pero también la economía, el impacto social y psicológico, el componente educativo, los movimientos poblacionales, la comunicación social y tantas otras dimensiones que concurren a la salud.
El golpe que recibió la humanidad ha sido brutal, el virus nos obligó no solo a recluirnos en nuestras cavernas y parar nuestro enloquecido rumbo hacia la nada, sino también nos dio el tiempo para reflexionar nuestra misión y sentido en este mundo.

 
(*)  Rector de la Universidad Católica Argentina.


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