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Conforme los trabajadores se han ido cristalizando en su
informalización, y aparecen nuevas capas de ingresantes al mundo
laboral que engrosan la misma, los grupos familiares que los
integran continúan empobreciéndose en un peligroso círculo
vicioso entre trabajo precario, pobreza y riesgo de enfermedad.
Lo que queda expuesto es como se va alejando el tradicional
círculo virtuoso del trabajo y del capital humano como parte del
capital productivo y social para pasar a ser reemplazado por el
círculo vicioso de la desprotección social y la carencia de
seguridades básicas.
El nuevo modelo contractual entre empresa y trabajador reemplaza
al de tiempo fijo e indeterminado por una variante flexible y
temporal, en la cual las cargas sociales se van di- luyendo en
el nuevo “salario”. Este trabajador, ahora temporario y
precarizado en sus derechos, resulta comparable al obrero
destajista intermitente de la segunda revolución industrial.
¿Cómo impacta el nuevo escenario social del trabajo
sobre la clásica protección social y la cobertura y
accesibilidad a la salud?
Analizando el componente de financiamiento del sistema
sanitario, casi toda América Latina entró en crisis desde los
años 90 respecto de la disponibilidad de recursos genuinos para
cubrir el seguro social de salud, históricamente vinculado al
empleo formal desde la tradición del contrato laboral.
Todo trabajador en relación de dependencia y legalmente
registrado como tal ingresaba al seguro solidario sin
restricciones ni exclusiones para el uso de los servicios
asistenciales, a partir de su condición de aportante desde el
salario. A lo que sumaba la contribución del empleador.
Eventuales diferencias verticales de escala salarial se diluían
dentro del pool financiero del seguro, al igual que lo hacían
los riesgos individuales.
Quedaba para los pobres o los sin trabajo la provisión de
cobertura asistencial por parte del sector estatal, financiado a
partir de rentas generales. Y para los de mayores ingresos, la
alternativa de una franja de seguros privados de enfermedad,
cuyas primas se erogaban directamente “de bolsillo”.
Al profundizarse la precarización e informalización del trabajo,
la caída del número de los aportantes resultó significativa,
paralela a la de los fondos de los seguros. Más aún si se le
suma la baja del salario medio de la economía.
Por lo tanto no solo se redujo el número de asegurados, sino
también las posibilidades efectivas de financiar en forma
efectiva lo que se observa como expansión creciente y poco
eficiente del gasto en salud.
El resultado se plasma en una desigual utilización de los
servicios asistenciales, especialmente en casos de enfermedades
catastróficas por su impacto en la economía familiar. Y esto va
modificando a su vez el perfil de la oferta de atención
sanitaria, en función de las particularidades personales y
socio-económicas que posee la nueva demanda informalizada y
desprotegida frente a la necesidad de obtener atención médica.
La seguridad social se transformó gradualmente en inseguridad
social. Mayores dificultades de acceso al sistema de salud,
barreras de entrada económicas por bajos ingresos,
vulnerabilidad extrema a gastos directos o de bolsillo en los
quintiles más bajos de la población -especialmente en
medicamentos- y un aumento creciente del riesgo socio-sanitario
son caras de una misma moneda vinculada a la ruptura entre
contrato laboral y protección social.
De la misma forma se le asocia el problema del envejecimiento,
que determina que la carga de enfermedades no transmisibles
aumente indefectiblemente en el tiempo, lo que lleva a suponer
una creciente demanda de servicios públicos de salud de costos
crecientes.
El modelo de Seguridad Social bismarckiano tradicional ya no
puede aparecer como el aglutinador del progreso social. Por el
contrario, se configura como una parte más dentro de un amplio
sistema polimorfo, de fronteras difusas y mayor complejidad en
los mecanismos de protección de las personas, donde se
entremezclan aportes y contribuciones, subsidios cruzados y
transferencias en un escenario atravesado por la subocupación y
la precarización laboral.
La disminución del volumen de aportes al esquema de protección
social en salud no es sino el preludio del desmoronamiento de la
base tributaria salarial que sostenía sus cimientos. Ahora bien,
el principal desafío aun no debatido para la cuestión de la
salud en el tercer decenio del siglo XXI es encontrar una nueva
política en el campo de Protección Social que permita evitar la
vulnerabilidad financiera de la enfermedad y su impacto sobre el
capital humano, y a la vez incrementar el capital social.
Si el objetivo de una reconversión macroeconómica es -además de
la modernización necesaria- un giro de 180 grados en la
filosofía tradicional del binomio crecimiento y desarrollo, el
problema es como hacer más eficiente el gasto social sin
distorsionar los objetivos de compensación financiera para los
más necesitados.
En especial cuando, como imagen del avance de la des- protección
social, el componente más importante del Gasto Nacional en salud
comienza a ser el Gasto Privado o de bolsillo de los hogares.
Situación que demuestra una significativa inequidad de
financiamiento, al quedar favorecidos solo los individuos con
mayor capacidad económica,
¿Cuáles son los aspectos básicos de la Protección Social
en Salud sobre los que debiera seguir insistiéndose en el
mediano y largo plazo?
En primer lugar, si se mantiene o desparece el concepto de
protección solidaria que garantice igualdad de oportunidades. El
segundo se vincula a lo político. La salud, como la educación,
no es la representación de los intereses de un sector ideológico
o de una corporación u oligopolio, sino que ambas deben
constituirse en políticas de Estado donde éste resulte garante
final.
Y como tal, exige un principio básico. Consenso social que
permita mínimo sustento para la acción político - técnica
específica. Algo que todavía no se ha construido adecuadamente,
vistas las pujas de intereses, así como las alianzas y
oposiciones que se observan en el territorio de las decisiones
educativas y sanitarias.
Sin pausa, pero con prisa, las actuales generaciones de
trabajadores fuera del esquema legal laboral han hipotecado su
futuro previsional y la cobertura de su salud, sin crédito
social a la vista.
Entonces ¿No resulta acaso una contradicción perpetuar sistemas
de protección social egoístamente acotados a trabajadores “de
primera” -en desmedro de similares pares ocupados pero “de
segunda”- en lugar de buscar nuevos esquemas aseguradores para
resolver la deuda social a futuro? ¿Es lógico mantener a todos
los ocupados sin cobertura aseguradora como free riders del
sistema público, cuando algunos podrían hacerse cargo de un
“boleto social”?
En un campo donde la política tiene enorme injerencia como es lo
social, sería útil dejar de lado suspicacias o academicismos
extremos para evitar esterilizar la cuestión de la protección
social en salud y aportar, a través de diagnósticos precisos y
herramientas adecuadas, solución a los complejos interrogantes
que forman parte de la realidad profunda del escenario social y
económico de la Argentina de hoy y del futuro.
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