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La tendencia creciente al incremento de los costos de la
atención médica para aseguradores y prestadores se viene
manteniendo a lo largo de los últimos años, aunque ha adquirido
cierta aceleración. Y si bien la deflación lograda pareciera
constituir una esperanza de alivio en sus cuentas, deberán
continuar erogando las crecientes facturas de servicios médicos
a la que se suman medicamentos innovadores y Dispositivos
Médicos Implantables de cada vez mayor precio. Por otra parte,
el gasto fiscal seguirá su tendencia al ajuste obligado con un
impacto que, si bien es esperado, aun resulta desconocido
respecto de la gestión sanitaria pública.
Esto lleva a considerar en la expansión de los costos una fuerza
impulsora que hace inevitable la transformación de algunos
aspectos centrales del modelo de atención sanitaria.
Básicamente, para establecer una señal de futuro que apunte a
promover y profundizar - a partir del 2026 - cambios
estructurales respecto de la eficacia de gestión de lo
asistencial y la eficiencia en el gasto.
Por ejemplo, la evolución del gasto farmacéutico viene siendo
francamente superior a la de la atención médica, sobre la cual
incide en más de un 40% del total. El impacto es significativo
si se analiza el peso relativo de los medicamentos oncológicos e
inmunomoduladores para tratamientos especiales, cuyo volumen de
ventas solamente para el segundo trimestre de 2025 fue de
610.640 millones de pesos, lo que equivale al 23.1% de la
facturación total de medicamentos por grupo anatómico (L) en el
mismo período y al 78% del total de reventa de importados (INDEC
2025). Datos que refuerzan la urgencia de gestionar mejor la
prescripción farmacéutica, especialmente de los denominados de
alto precio.
¿Cuáles podrían ser los caminos
para lograrlo?
1. Evitar el riesgo del dilema de los comunes
El dilema o tragedia de los comunes de Garret Hardin (1968) es
una metáfora social donde el exceso de intereses individuales a
corto plazo actuando en forma egoísta, aunque racional lleva a
chocar con el interés colectivo a largo plazo, en función del
exceso de uso de un recurso compartido y escaso que no tiene un
dueño claro y es un bien común.
La suma de acciones egoístas conduce a un virtual agotamiento de
tal recurso, aunque a ninguno de ellos les convenga que suceda,
con lo que el perjuicio se hace colectivo. Tiene por lo tanto
dos visiones. Una socio- económica y otra ética.
Los medicamentos innovadores con escasa efectividad con-
trastada y alto precio, por un lado, y los pacientes vinculados
en la relación de agencia con los profesionales como parte de la
asimetría de información son los actores del dilema. Y el
recurso escaso y bien común es el gasto en salud.
Como principales responsables individuales de la asignación de
recursos en base a la toma de decisiones con valoraciones
subjetivas y en condiciones de incertidumbre, aquellos
profesionales que generan una demanda judicial inducida sin
evidencia cierta parecen ignorar el daño a largo plazo sobre el
recurso escaso.
Desde la perspectiva médica, la denominada regla del rescate se
da cuando aparece una nueva opción de intervención sin evidencia
clara del beneficio (efectividad no adecuadamente contrastada) y
donde entran en juego recursos escasos si además el insumo tiene
un alto precio.
En ese punto comienza el conflicto bioético entre bienestar
individual y bienestar colectivo, cada vez que un paciente
obtiene judicialmente un medicamento de altísimo precio y escasa
efectividad que en forma simultánea implica un elevado costo de
oportunidad para la cobertura de otros pacientes y la propia
sustentabilidad futura del sistema sanitario en su conjunto.
Cuando esta instancia se multiplica, la situación socio-
económica y bioética se asemeja al dilema de los comunes. En el
caso de la salud como bien meritorio donde existen derechos,
este dilema exige regulaciones claras y transparentes con
criterio ético por parte del Estado y la propia sociedad.
2. Encontrar un negociador central dispuesto a tener
poder de mercado frente al alto precio.
En algunos países desarrollados existe un único organismo
negociador (normalmente el Estado), con capacidad de decidir si
acepta el precio que una empresa farmacéutica quiere cobrar por
sus productos. Otros países llevan a cabo análisis de cuánto
beneficio adicional (valor) representa un nuevo medicamento
sobre los que ya están en el mercado, y a qué costo (precio).
Si éste es demasiado alto y el beneficio demasiado pequeño,
están dispuestos a decir no a un nuevo medicamento hasta que
este no reduzca su número final. En nuestro país, las
negociaciones con los laboratorios o sus intermediarias - salvo
el PAMI - se atomizan entre cientos de negociaciones
individuales y confidenciales con financiadores medianos y
pequeños, lo que resulta en mucho menos poder negociador de
descuentos para estos.
La falta de consolidación en la negociación es una razón clave
por la que se paga más que otros países, por falta de
oportunidad para gestionar discusiones más duras. En este
sentido, las decisiones que ha tomado el Ministerio nacional
sobre compras directas a laboratorios o a través de la nueva
plataforma digital SIGMAC operada por la Superintendencia de
Servicios de Salud para la gestión de provisión de medicamentos
de alto precio, van a contribuir sin duda a optimizar y
transparentar el uso de los fondos públicos o de las Obras
Sociales nacionales, y a abrir el camino a instancias de
negociación centralizada con mayor poder de mercado.
3. Establecer mecanismos de regulación de precios para
la innovación disruptiva.
EL sistema de salud tiene que encontrar su punto de equilibrio,
sin gastar más de lo que dispone. Muchos países, aún de
economías de libre mercado, establecen límites respecto de
cuánto pagarán por los medicamentos oncológicos o para
tratamientos especiales de alto precio.
La condición de precio aceptante de nuestro sistema de salud,
dado el poder de monopolio que ofrece la patente o la
imposibilidad de copiar una molécula compleja y competir en el
mercado sanitario, requiere al menos disponer de un Observatorio
Internacional de Precios que permita investigar consistentemente
las diferencias existentes con otros países.
Especialmente con los de América Latina, muchas veces con
precios dos o tres veces inferiores. En 2023 comparativamente
resultaban más del doble que en Chile, Colombia y México,
incluso teniendo en cuenta los descuentos confidenciales que
pueden terminar reduciendo sustancialmente lo que se paga.
Conceptualmente, un mercado opaco y dinámico como el de los
medicamentos innovadores disruptivos no puede funcionar como un
auto sin frenos.
4. Limitar que el sistema permita la presencia de
incentivos perversos.
Las compañías farmacéuticas que revenden importados en el
mercado local no son las únicas que ganan dinero con los altos
precios de los medicamentos. La ausencia de protocolos y guías
de práctica para ajustar la variabilidad de la práctica
profesional y normatizar tratamientos así como la amplitud con
que cualquier prestador sin especialistas reconocidos y
autorizados expresamente - como exige por ejemplo el Fondo
Nacional de Recursos de Uruguay - puede prescribir libremente
medicamentos de alto precio y aun terapias génicas, hace que los
medicamentos con cobertura a precio cero para los pacientes
impacten significativamente en el gasto del sistema.
De esta forma, se potencian los incentivos perversos asociados
al beneficio de la industria, que podrían ser controlados si se
decidiera crear una Agencia de Evaluación tecnológica o
financiera autónoma y transparente que fijara posición sobre
este tipo de moléculas biotecnológicas innovadoras con
efectividad poco contrastada.
Estableciendo análisis de costo-efectividad-calidad con la
suficiente solvencia e idoneidad técnica del dictamen para uso
de la Justicia, podría comenzar a ponerle límites a los
conflictos de interés resultado de la inducción de la demanda a
litigar contra el financiador. De lo contrario, se seguirá
pagando por todo - lo efectivo y lo poco efectivo - mientras la
justicia, asumiendo responsabilidad técnica y política en
función del amplio concepto del derecho a la salud, continuará
fallando en favor de las empresas farmacéuticas.
5. Analizar la dinámica de las patentes y sus ventajas
sobre el astronómico precio de las moléculas.
La FDA o la AEM otorgan patentes a las compañías farmacéuticas
generando monopolios temporales durante los cuales la
competencia por copias o genéricos con menor precio está
limitada garantizando poder de mercado y precio de monopolio en
base a un abuso de posición dominante. A esto se suma que las
mismas compañías logran tener éxito en encontrar mecanismos para
prolongar tales periodos mediante diferentes tácticas, como las
patentes de uso que sólo están relacionadas tangencialmente con
la molécula o terapia en cuestión.
A favor de ello, las empresas aducen que los precios de los
medicamentos son los que soportará el mercado, señalando que lo
importante es el valor en términos de utilidad que sus productos
ofrecen a la sociedad. Por ejemplo, una cura única con un costo
de 3 millones de dólares puede ser beneficiosa al Sistema si
termina evitando 10 millones de dólares en gastos hospitalarios
futuros y costos directos perdidos. El problema reside en que,
para un medicamento innovador oncológico o inmunomodulador bajo
patente, el precio medio anual de entrada al mercado fue de
300.000 dólares en 2023, cuando en 2021 había sido de 180.000
dólares.
6. Introducir cambios en el modelo de gestión público y
privado.
Quizás sea éste el momento para una reinvención audaz de los
sistemas público y privado que sirva como instrumento para hacer
más eficiente el alza del gasto sanitario, a punto de partida de
promover un nuevo esquema asistencial con eje en el paciente,
definido a partir de una atención preventiva, personalizada y
fuertemente predictiva.
El actual sistema carece de instrumentos adecuados para contener
los costos asociados a los medicamentos de alto precio, ni posee
criterios claros respecto de qué cubrir y bajo que conceptos y
decisiones terapéuticas. Todos no pueden hacer todo. Debe
crearse un programa de calificación de prestadores expresamente
autorizados para ofrecer las mejores oportunidades terapéuticas,
que aseguren el uso adecuado de las nuevas moléculas disruptivas
garantizando los derechos de los pacientes, el consentimiento
informado y su seguridad.
Esta estrategia de cambio se plantea en base a cuatro
componentes básicos: un Modelo Integral de Gestión de la
Atención en Salud, que enfatice la atención primaria y la
prevención como piso básico de organización del mismo; una
política de medicamentos innovadores que procure negociar
menores precios y dar racionalidad en la entrada al mercado
sanitario a nuevas moléculas y tratamientos de escasa
efectividad contrastada, y mecanismos de financiamiento basados
en valor que permitan regular el incentivo perverso de pagar por
hacer sin importar los resultados.
Considerando además la búsqueda de fuentes de ingresos
alternativas ante la amenaza que la oferta acelerada y creciente
de medicamentos biotecnológicos y terapias génicas cada vez más
sofisticadas impone a la expansión potencial del gasto.
En definitiva, establecer un nuevo esquema dinámico donde los
financiadores se conviertan en el núcleo activo del sistema,
respondiendo por la cobertura y regulando la gestión de los
crecientes costos de los prestadores en tiempo real, en tanto
estos se centran en pasar de la Medicina basada en la Evidencia
a la basada en la Eficiencia, optimizando sus resultados
asistenciales en términos de efectividad y aprovechando el
impacto de la IA para mejorar su estructura de costos y el uso
adecuado de los datos.
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