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 Debate

    

La dignidad perdida…

Por el Dr. Mauricio Klajman (*) mklajman@satsaid.com.ar


La definición de dignidad es “Cualidad del que se hace valer como persona, se comporta con responsabilidad, seriedad y con respeto hacia sí mismo y hacia los demás y no deja que lo humillen ni degraden”.
Dicho esto, dignidad humana significa que un individuo siente respeto por sí mismo y se valora al mismo tiempo que es respetado y valorado. Implica la necesidad de que todos los seres humanos sean tratados en un pie de igualdad y que puedan gozar de los derechos fundamentales que de ellos derivan.
Asimismo, un gran número de constituciones nacionales, sobre todo las adoptadas en la segunda mitad del siglo XX, hacen referencia explícita al respeto de la dignidad humana como fundamento último de los derechos enumerados y como la finalidad esencial del Estado de Derecho.
En tal sentido, se destaca la Constitución alemana de 1949, que, como reacción a las atrocidades cometidas durante el régimen nazi, establece en su artículo 1° que: “La dignidad humana es intangible. Los poderes públicos tienen el deber de respetarla y protegerla”.
La dignidad humana, contiene elementos subjetivos, que corresponden al convencimiento de que las condiciones particulares de vida permiten alcanzar la felicidad y de elementos objetivos, vinculados con las condiciones de vida que tiene la persona, para obtenerla. Siendo así se determinó a la dignidad humana, como un derecho fundamental.
En el comienzo de la pandemia el trabajo del equipo de salud fue sorprendentemente aplaudido. Fue un retorno al camino de la dignidad y al reconocimiento perdido.
Con el correr del tiempo, y con la aparición de los antivacunas y de un grupo anticuarentena, la decisión de no vacunarse perjudicó al conjunto de la sociedad: la vacunación no es una cuestión médica relativa a la esfera individual sino un tema de salud pública, un asunto colectivo.
En abril de 2020, menos de dos meses después de que comenzara el primer confinamiento, circuló una invitación para desafiar las restricciones a la circulación que el Gobierno nacional, con el acuerdo de los gobernadores de la oposición incluso, acababa de extender como medida preventiva contra la pandemia.
Pronto los manifestantes pasaron de ser unas pocas decenas a varios miles, y tanto los líderes de partidos de derecha minoritarios como importantes dirigentes y referentes de grupos opositores expresaron su adhesión entusiasta y participaron activamente de las convocatorias.
Por supuesto, asisten a las marchas personajes que enarbolan visiones conspiranoides y defienden perspectivas contrarias a la de la Organización Mundial de la Salud y a los epidemiólogos y sanitaristas argentinos.
Hasta hace muy poco los criterios científicos elementales parecían ser ampliamente aceptados, al menos en la población educada de las capas medias urbanas. Sin embargo, algunos fenómenos recientes parecen poner en duda la confianza pública en la ciencia empírica.
Terraplanistas, negadores del cambio climático y antivacunas se han convertido en los protagonistas de un nuevo drama público. En el contexto de la pandemia de Covid-19 estas desconfianzas se han hecho más evidentes, y en muchos casos se han convertido en un problema público que atañe a las formas de cuidado.
Las sospechas sobre la existencia real de un virus, la crítica a los números públicos, a las políticas de cuarentena y el cuestionamiento de la vacunación masiva son los ejemplos más visibles de un manto de desconfianza pública durante la pandemia.
¿Es la desconfianza pública en las vacunas un nuevo oscurantismo? ¿Es la venganza de la ignorancia generalizada? ¿Es culpa de un déficit de información promovida por fake news y redes digitales? ¿Es culpa de las políticas neoliberales que fomentan el individualismo? ¿Cómo gestionar la vida pública en lo que aparece como un mar de irracionalidades?
Es en este contexto que se empezó a perder de nuevo la dignidad de los médicos. Agotados física y psicológicamente, por ser la primera frontera de la atención de los infectados, el contacto con las muertes masivas fue atroz.
Nadie puede estar preparado para este shock de realidad. Mientras en las calles comenzó a generalizarse el “no cuidado” la desesperación de los médicos iba en aumento.
Asistimos en este momento al retorno al maltrato a los médicos, mal pagados, con pluriempleo intolerable.
Parece que la esperanza de un debate sobre el sistema de salud se hubiera esfumado de las agendas.
Seguimos con los mismos problemas en el sistema: gran fragmentación, pluriempleo generalizado de los diferentes actores del equipo de salud, lobby sobre las ideas progresistas para degradarlas o para hacerlas desaparecer, hiperconcentración de empresas prestatarias con calidades deficientes y sin control del Estado.
Un Estado que continua sin un aparato de fiscalización acorde a los tiempos y a la nueva realidad sanitaria del país.
Si es verdad, que el Ministerio de Salud retorno hace sólo dos años, después del oprobioso descuido de la administración anterior, errática y sinsentido.
En esta publicación hemos hablado en ediciones anteriores, sobre la infinidad de problemas del sistema prestacional argentino, ya que no es un sistema que produzca salud. Desigualdades extremas entre regiones de un mismo país.
Los problemas económicos y sociales crónicos de la Argentina vienen de la mano de un Estado nacional quebrado. Una situación de larga data, que podemos ver reflejada hoy en sus elevados niveles de endeudamiento heredado, déficit e inflación y ni hablar de los índices de pobreza.
Ese problema de fondo tiene nombre: el federalismo argentino. Es un federalismo muy argentino, porque no hay otro igual. Más del 80% de los países son unitarios, aunque el selecto club de los federales tiene otros miembros prominentes, como Estados Unidos, Rusia, Alemania o Brasil.
Sin embargo, a diferencia de la nuestra, el resto de las federaciones tienen al menos una de estas dos características fundamentales: los estados (provincias) que las componen recaudan sus propios impuestos y administran sus propios recursos, o hay una autoridad nacional fuerte, por encima de todas las provincias, que define la macroeconomía y las grandes políticas nacionales como las estratégicas de salud.
La singularidad argentina consiste en que carecemos de ambas.
El sistema prestacional argentino es un reflejo de este federalismo clientelista y desigual. Cada provincia hace lo que considera efectivo con su sistema sanitario.
Todo esto colabora con las desigualdades regionales.
Aún estamos a tiempo de retomar la discusión sobre el Sistema de Salud Argentino… hemos escrito en estas páginas sobre el Sistema Nacional Integrado de Salud como única respuesta a los males que nos aquejan. Seguimos pensando igual. Actuemos con responsabilidad…

No escribamos el guion de la República perdida III….

(*) Director Médico Nacional Obra Social de Televisión


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