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 Debate

    

ACERCA DE OUTRAGE FATIGUE, BURNOUT Y GRANDEZAS


Por el Dr. Mario Glanc (*)


Literalmente, outrage fatigue significa “fatiga por indignación”. Se trata de una categoría citada con frecuencia, que hace alusión al agotamiento colectivo frente a la indignación permanente. Un fenómeno que, por entendible, no deja de ser complejo y peligroso: algo así como una anestesia social por la que las personas somos testigos de conflictos irresueltos, injusticias flagrantes y escándalos cotidianos, en un loop en el que la arbitrariedad y la impunidad siguen indignando, pero ya no produce respuesta, porque lo que antes era intolerable ahora se ha hecho paisaje.
Con ello, la indignación pierde potencia simbólica y lo excepcional se transforma en cotidianeidad permisiva. Finalmente, cada cual se repliega en su propio universo y el círculo termina de cerrar. No se trata de anomia o individualismo. Es un mecanismo, en última instancia, de defensa social.
Existen múltiples fenómenos globales que explican ese sentimiento generalizado: la monumental concentración de riqueza y la consecuente captura de la política por parte de esas élites, el deterioro de ingresos de amplios sectores desplazados, la degradación material del bienestar cotidiano en materia de salud, educación, seguridad social, vivienda, y previsibilidad económica.
La pandemia de COVID-19, la crisis climática, las guerras en curso y el riesgo de una confrontación mayor, el colapso de los sistemas de bienestar, la disolución de partidos políticos y estructuras representativas de amplias capas de la sociedad… Un escenario apabullante de injusticia, riesgo y desaparición de toda capacidad de respuesta para el hombre y la mujer común.
Concurren procesos simétricos que nos afectan singularmente en nuestro país: décadas de fracasos políticos y económicos, desaparición de la base social que fue alguna vez constitutiva de nuestra identidad, estancamiento económico, degradación del trabajo, inseguridad alimentaria, desmoronamiento de la representación ciudadana, desacople entre promesas democráticas y experiencia vivida, inseguridad, desaparición de la expectativa de ascenso social, exclusión. Injusticia.
Y en ese marco se inscribe para el sector salud el ánimo de este 2026 que se inicia. Lo prolongado de la crisis ya se convirtió en escenario. Recortes presupuestarios y desinversión en salud pública, debilitamiento de la cobertura sanitaria esencial, desfinanciamiento del sector público provincial, creciente predomino del gasto de bolsillo, deterioro de ingresos de prestadores, licuación de honorarios médicos y del equipo de salud, hospitales sobre demandados y vaciados. Barreras de acceso a la atención y al medicamento, deterioro de las tasas de vacunación hasta límites insospechados y consecuente reemergencia de enfermedades que creímos por lo menos parcialmente superadas. Salida de la OMS.
La natural puja distributiva transformada en un “todos contra todos” con resultado cero. La Seguridad Social y el financiamiento privado abocados a la gestión del deterioro a través de la restricción silenciosa de prestaciones y el aumento de barreras administrativas. Una sensación de inevitabilidad que se acentúa día a día. Todos embarcados en una estrategia de amortiguación, no de reforma, en la que al paciente no le queda más recurso que adaptarse al sistema y recibir lo que según su capacidad de compra le toca. No es una triste enumeración catártica. Es nuestro escenario habitual.
En el otro extremo, el equipo de salud, como cara visible del sistema, enfrenta el costo de la despersonalización, la licuación de sus ingresos, el multiempleo, el agotamiento emocional y la pérdida del sentido del logro, en abierta refutación de las aspiraciones vocacionales que alguna vez guiaron su elección.
La vivencia cotidiana de la contradicción estructural que le exige sostener un sistema que ya no le devuelve sentido, resultados ni reconocimiento. El Burn Out como “índice de la dislocación entre lo que la gente es y lo que tiene que hacer. Una erosión de los valores, la dignidad, el espíritu y la voluntad - una erosión del alma humana”. (Christina Maslach.1981).

Así, la crisis estructural arrastra un reclamo sin respuesta que se traduce en agotamiento (outrage) que lleva necesariamente al repliegue en lo individual, que a su vez conduce al burnout, con su secuela de detrimento en lo asistencial, conflictividad creciente, y frustración inevitable.
Son las dos caras de una misma moneda: El burnout es el costo psíquico privado de una crisis pública no resuelta, y el outrage fatigue es el costo político colectivo de ese mismo fracaso.
En ese contexto, mientras el Ministerio de Salud publicaba la nueva versión de los “Indicadores Básicos de Salud” (con datos del año 2024, es decir antes del impacto pleno del “recorte del gasto público más grande de la historia”), en los que la mortalidad infantil subió de 8 a 8,5 cada 1.000 nacidos vivos, y la materna de 2,7 a 3,2 cada 10.000, se emitió el Decreto 56/2026, que se establece al año 2026 como el “Año de la Grandeza Argentina”, y dispone que toda la documentación oficial de la Administración Pública Nacional, deberá llevar esa leyenda.
Declarar Grandeza, mientras el sistema de salud muestra su deterioro estructural no es solo una tensión retórica; es una contradicción objetiva. Por lo menos en lo que hace a la salud, la grandeza debería expresarse a través del acceso efectivo y oportuno a la atención, a la sustentabilidad del conjunto, a recursos humanos resguardados y motivados, a rectoría estatal clara, y a la objetiva reducción de inequidades territoriales y sociales.
La grandeza se juega en la viabilidad de nuestras vidas y nuestros sueños. Decretarla a través de un acto administrativo es como mínimo una disonancia ética, o en todo caso, fragilidad maquillada. Un país fatigado no puede ser grande. Un sistema quemado no puede sostener grandeza.
Hay un lugar vacante en el sector salud y es el de la convocatoria a sacudir este estado de cosas. Quienes formamos parte del sistema, particularmente en puestos de conducción sectorial no debemos esperar modificaciones substanciales en las políticas en curso. Sin embargo, podemos ser los artífices de materializar la esperanza, a través de la implementación de iniciativas capaces de producir efectos reales, aunque ciertamente, acotados.
Meso gestores capaces de cambiar procesos, más que producir reformas en lo macro. Mesas técnicas entre financiadores y prestadores con la intención de acordar, más que obtener ventajas parciales. Consorcios público - privados con acuerdos de prestación con reglas y protocolos consensuados. Actores sectoriales capaces de hacer confluir trayectoria, autoridad técnica y honestidad intelectual. Instituciones que generen climas y espacios de racionalidad y crecimiento. Organizaciones profesionales que se atrevan a posicionarse por encima del interés corporativo y sean capaces de aportar a la construcción de una transversalidad sectorial fructífera... Acciones, más que disertaciones. Protagonismo dirigido al bien común.
Se inicia 2026. Tal vez podamos comenzar a transformar un diagnóstico largamente compartido en decisiones coordinadas, basadas en evidencias y consensos para tratar de revertir el deterioro y avanzar. No hacia la “grandeza”, sino hacia algo mejor.


  

  * Médico cardiólogo y sanitarista. Mg. en Economía y Gestión y Mg. en Salud Pública. Doctor en Medicina. Director Académico IPEGSA.

 
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