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Literalmente, outrage fatigue
significa “fatiga por indignación”. Se trata de una categoría
citada con frecuencia, que hace alusión al agotamiento colectivo
frente a la indignación permanente. Un fenómeno que, por
entendible, no deja de ser complejo y peligroso: algo así como
una anestesia social por la que las personas somos testigos de
conflictos irresueltos, injusticias flagrantes y escándalos
cotidianos, en un loop en el que la arbitrariedad y la impunidad
siguen indignando, pero ya no produce respuesta, porque lo que
antes era intolerable ahora se ha hecho paisaje.
Con ello, la indignación pierde potencia simbólica y lo
excepcional se transforma en cotidianeidad permisiva.
Finalmente, cada cual se repliega en su propio universo y el
círculo termina de cerrar. No se trata de anomia o
individualismo. Es un mecanismo, en última instancia, de defensa
social.
Existen múltiples fenómenos globales que explican ese
sentimiento generalizado: la monumental concentración de riqueza
y la consecuente captura de la política por parte de esas
élites, el deterioro de ingresos de amplios sectores
desplazados, la degradación material del bienestar cotidiano en
materia de salud, educación, seguridad social, vivienda, y
previsibilidad económica.
La pandemia de COVID-19, la crisis climática, las guerras en
curso y el riesgo de una confrontación mayor, el colapso de los
sistemas de bienestar, la disolución de partidos políticos y
estructuras representativas de amplias capas de la sociedad… Un
escenario apabullante de injusticia, riesgo y desaparición de
toda capacidad de respuesta para el hombre y la mujer común.
Concurren procesos simétricos que nos afectan singularmente en
nuestro país: décadas de fracasos políticos y económicos,
desaparición de la base social que fue alguna vez constitutiva
de nuestra identidad, estancamiento económico, degradación del
trabajo, inseguridad alimentaria, desmoronamiento de la
representación ciudadana, desacople entre promesas democráticas
y experiencia vivida, inseguridad, desaparición de la
expectativa de ascenso social, exclusión. Injusticia.
Y en ese marco se inscribe para el sector salud el ánimo de este
2026 que se inicia. Lo prolongado de la crisis ya se convirtió
en escenario. Recortes presupuestarios y desinversión en salud
pública, debilitamiento de la cobertura sanitaria esencial,
desfinanciamiento del sector público provincial, creciente
predomino del gasto de bolsillo, deterioro de ingresos de
prestadores, licuación de honorarios médicos y del equipo de
salud, hospitales sobre demandados y vaciados. Barreras de
acceso a la atención y al medicamento, deterioro de las tasas de
vacunación hasta límites insospechados y consecuente
reemergencia de enfermedades que creímos por lo menos
parcialmente superadas. Salida de la OMS.
La natural puja distributiva transformada en un “todos contra
todos” con resultado cero. La Seguridad Social y el
financiamiento privado abocados a la gestión del deterioro a
través de la restricción silenciosa de prestaciones y el aumento
de barreras administrativas. Una sensación de inevitabilidad que
se acentúa día a día. Todos embarcados en una estrategia de
amortiguación, no de reforma, en la que al paciente no le queda
más recurso que adaptarse al sistema y recibir lo que según su
capacidad de compra le toca. No es una triste enumeración
catártica. Es nuestro escenario habitual.
En el otro extremo, el equipo de salud, como cara visible del
sistema, enfrenta el costo de la despersonalización, la
licuación de sus ingresos, el multiempleo, el agotamiento
emocional y la pérdida del sentido del logro, en abierta
refutación de las aspiraciones vocacionales que alguna vez
guiaron su elección.
La vivencia cotidiana de la contradicción estructural que le
exige sostener un sistema que ya no le devuelve sentido,
resultados ni reconocimiento. El Burn Out como “índice de la
dislocación entre lo que la gente es y lo que tiene que hacer.
Una erosión de los valores, la dignidad, el espíritu y la
voluntad - una erosión del alma humana”. (Christina
Maslach.1981).
Así, la crisis estructural arrastra un reclamo sin respuesta que
se traduce en agotamiento (outrage) que lleva necesariamente al
repliegue en lo individual, que a su vez conduce al burnout, con
su secuela de detrimento en lo asistencial, conflictividad
creciente, y frustración inevitable.
Son las dos caras de una misma moneda: El burnout es el costo
psíquico privado de una crisis pública no resuelta, y el outrage
fatigue es el costo político colectivo de ese mismo fracaso.
En ese contexto, mientras el Ministerio de Salud publicaba la
nueva versión de los “Indicadores Básicos de Salud” (con datos
del año 2024, es decir antes del impacto pleno del “recorte del
gasto público más grande de la historia”), en los que la
mortalidad infantil subió de 8 a 8,5 cada 1.000 nacidos vivos, y
la materna de 2,7 a 3,2 cada 10.000, se emitió el Decreto
56/2026, que se establece al año 2026 como el “Año de la
Grandeza Argentina”, y dispone que toda la documentación oficial
de la Administración Pública Nacional, deberá llevar esa
leyenda.
Declarar Grandeza, mientras el sistema de salud muestra su
deterioro estructural no es solo una tensión retórica; es una
contradicción objetiva. Por lo menos en lo que hace a la salud,
la grandeza debería expresarse a través del acceso efectivo y
oportuno a la atención, a la sustentabilidad del conjunto, a
recursos humanos resguardados y motivados, a rectoría estatal
clara, y a la objetiva reducción de inequidades territoriales y
sociales.
La grandeza se juega en la viabilidad de nuestras vidas y
nuestros sueños. Decretarla a través de un acto administrativo
es como mínimo una disonancia ética, o en todo caso, fragilidad
maquillada. Un país fatigado no puede ser grande. Un sistema
quemado no puede sostener grandeza.
Hay un lugar vacante en el sector salud y es el de la
convocatoria a sacudir este estado de cosas. Quienes formamos
parte del sistema, particularmente en puestos de conducción
sectorial no debemos esperar modificaciones substanciales en las
políticas en curso. Sin embargo, podemos ser los artífices de
materializar la esperanza, a través de la implementación de
iniciativas capaces de producir efectos reales, aunque
ciertamente, acotados.
Meso gestores capaces de cambiar procesos, más que producir
reformas en lo macro. Mesas técnicas entre financiadores y
prestadores con la intención de acordar, más que obtener
ventajas parciales. Consorcios público - privados con acuerdos
de prestación con reglas y protocolos consensuados. Actores
sectoriales capaces de hacer confluir trayectoria, autoridad
técnica y honestidad intelectual. Instituciones que generen
climas y espacios de racionalidad y crecimiento. Organizaciones
profesionales que se atrevan a posicionarse por encima del
interés corporativo y sean capaces de aportar a la construcción
de una transversalidad sectorial fructífera... Acciones, más que
disertaciones. Protagonismo dirigido al bien común.
Se inicia 2026. Tal vez podamos comenzar a transformar un
diagnóstico largamente compartido en decisiones coordinadas,
basadas en evidencias y consensos para tratar de revertir el
deterioro y avanzar. No hacia la “grandeza”, sino hacia algo
mejor.
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