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La sociedad asiste, agobiada y silenciosa, a un proceso
terminal de la organización de su sistema de salud,
basado esencialmente en términos de solidaridad. Y cabe
preguntarse por las razones de ese silencio.
El discurso cotidiano del gobierno (no solo el actual) y
de la ciudadanía, ve el derecho a la salud como el
derecho a acceder a servicios de salud, y esto influye
en la agenda política y organizativa del sector.
La salud parece consistir solo en tratar a las personas
cuando enferman, olvidando que ese proceso no ocurre
casualmente, que hay determinantes, que afectan con
mayor severidad a ciertas clases sociales. Nos limitamos
a atender pacientes, y se “cancelan” todas aquellas
opciones no supeditadas al lucro.
Todo parece solucionarse solamente con el estudio
obsesivo de los enfermos, usando tecnologías cada vez
más sofisticadas, y determinando qué medicamentos y
tratamientos conducen a la cura.
Estamos atrapados en una lógica empresarial, de venta de
medicamentos y servicios sanitarios, que se intensifica
con el auge de la IA y la salud digital, y la política
sanitaria se concibe solo en términos de precios de
medicamentos, seguros, hospitales, clínicas, terapias,
tratamientos.
La crisis sanitaria de la pandemia, que en lugar de
generar un cambio radical en lo que debe hacerse para
prevenir infecciones y futuras pandemias terminó
convirtiéndose en un negocio de vacunas y antivirales,
es un claro ejemplo de esto. Pero es necesario
comprender valores y razones esenciales.
Hay una fuerza social preocupante, que lleva a un
individualismo muy marcado. El consumismo (lógica
absolutamente opuesta a la solidaridad) parece
convertirse en el motor central de muchas vidas, y
objetos y experiencias se desechan rápidamente
manteniendo a los individuos en una búsqueda perpetua de
la satisfacción y una eterna insatisfacción (la
modernidad líquida que describiera Zygmunt Bauman como
característica central de la sociedad de consumo).
Las relaciones sentimentales son un reflejo de esto:
cada uno con su vida, su trabajo, su mundo, a veces,
hacemos algo juntos, y no se quiere tener hijos, porque
implica demasiada responsabilidad, que no se quiere
asumir, porque impide tener una “buena vida”, y se
prefieren las mascotas.
El filósofo coreano Byung Chul Han habla de un sistema
de dominación que utiliza un poder seductor,
inteligente, que consigue que los hombres se sometan por
sí mismos en la sociedad actual, al que llama
psicopolítica. A través de él, se pretenden libres, y
son en realidad esclavos absolutos, en la medida en que
se explotan a sí mismos de forma voluntaria, sin amo que
los obligue a trabajar.
Ese sujeto empresario de sí mismo, es incapaz de
establecer con los otros relaciones libres de una
finalidad (como habitualmente sucede entre empresarios).
Pero ser libre significa estar en una coexistencia
satisfactoria, cuando la humanidad está entrando en una
crisis, con escasa vida pública; todos trabajan a
distancia, ganan dinero, pero no ven el mundo. Y ese
aislamiento total no nos hace libres.
Solo dentro de la comunidad con otros, los individuos
tienen los medios necesarios para desarrollar sus dotes
en todos los sentidos; solo dentro de la comunidad es
posible la libertad personal: ser libre es realizarse
mutuamente. El valor central de la solidaridad. El
agobio, la depresión y el burnout que hoy acosan a los
miembros del equipo de salud, son expresión de esa
profunda crisis de la libertad.
Hoy muchos de nosotros somos ese trabajador que se
explota a sí mismo, y por el aislamiento, no se forma
ningún “nosotros” político con capacidad para una acción
común, y el ciudadano se convierte en el consumidor del
que hablaba Bauman.
Así, los votantes, como consumidores, no tienen interés
real por la política, solo reaccionan quejándose, igual
que el consumidor ante las mercancías y los servicios
que le desagradan. ¿Parecido a la realidad actual de
nuestra salud pública?
Políticos y partidos también siguen esta lógica del
consumo, y se degradan a proveedores que deben
satisfacer a los votantes. La exigencia de transparencia
que hoy se exige a los políticos, no es una
reivindicación política de un ciudadano con iniciativa,
sino la de un espectador pasivo.
La participación solo se entiende como reclamación y
queja. Una sociedad de la transparencia, poblada de
espectadores y consumidores, es una democracia de
espectadores. ¿Parecido a la realidad de nuestro sector?
¿Cómo será la salud pública en esta crisis?
Necesitamos reconstruir la lógica de cómo se construye y
concibe la política sanitaria, en el Estado, en las
universidades, en las cámaras dirigenciales. Como se
priorizan los valores, se definen los programas, el
modelo de atención, el financiamiento.
El Estado no debe garantizar solo acceso, debe
absolutamente garantizar acceso a procedimientos,
insumos y tecnologías que disminuyan la carga de
enfermedad de la sociedad que conduce.
Las universidades dejar de privilegiar un modelo de
enseñanza que orienta a los jóvenes hacia una forma de
pensar lineal, centrada en el poder y la lógica del
consumo. Deben reafirmar su compromiso ético con el
conocimiento que allí se genera, dar contenido político
a la actividad científica. Es urgente ante un mundo que
aleja a las personas de la acción comunitaria.
Hay que intentar impulsar ese cambio en los jóvenes, ese
principio ético que luego se pierde en la lógica del
mundo que aquí se critica. El sistema de salud opera
desde hace mucho tiempo con incentivos perversos: si
bien hay mayor valor moral y económico en mantener a las
personas sanas que en tratarlas una vez que enferman, el
sistema centra sus recursos principalmente en el
tratamiento, y no en la prevención.
Los médicos y otros profesionales de la salud están
capacitados para diagnosticar y tratar enfermedades; y
los hospitales y los centros de salud son fundamentales,
y lo que hacen es absolutamente importante, pero ni
ellos ni los hospitales donde trabajan pueden mantenerse
fácilmente si se esfuerzan por impedir que las personas
utilicen los servicios que ofrecen.
Posiblemente habría que pensar en un nuevo desafío: el
de incentivar a ganar dinero manteniendo a la gente sana.
| (*) Presidente del
Instituto de Política, Economía y Gestión en
Salud (IPEGSA) |
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