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 Columna  

LA SALUD ANTE UNA NUEVA FUERZA SOCIAL

Por el Dr. Rubén Torres (*)

 
La sociedad asiste, agobiada y silenciosa, a un proceso terminal de la organización de su sistema de salud, basado esencialmente en términos de solidaridad. Y cabe preguntarse por las razones de ese silencio.
El discurso cotidiano del gobierno (no solo el actual) y de la ciudadanía, ve el derecho a la salud como el derecho a acceder a servicios de salud, y esto influye en la agenda política y organizativa del sector.
La salud parece consistir solo en tratar a las personas cuando enferman, olvidando que ese proceso no ocurre casualmente, que hay determinantes, que afectan con mayor severidad a ciertas clases sociales. Nos limitamos a atender pacientes, y se “cancelan” todas aquellas opciones no supeditadas al lucro.
Todo parece solucionarse solamente con el estudio obsesivo de los enfermos, usando tecnologías cada vez más sofisticadas, y determinando qué medicamentos y tratamientos conducen a la cura.
Estamos atrapados en una lógica empresarial, de venta de medicamentos y servicios sanitarios, que se intensifica con el auge de la IA y la salud digital, y la política sanitaria se concibe solo en términos de precios de medicamentos, seguros, hospitales, clínicas, terapias, tratamientos.

La crisis sanitaria de la pandemia, que en lugar de generar un cambio radical en lo que debe hacerse para prevenir infecciones y futuras pandemias terminó convirtiéndose en un negocio de vacunas y antivirales, es un claro ejemplo de esto. Pero es necesario comprender valores y razones esenciales.
Hay una fuerza social preocupante, que lleva a un individualismo muy marcado. El consumismo (lógica absolutamente opuesta a la solidaridad) parece convertirse en el motor central de muchas vidas, y objetos y experiencias se desechan rápidamente manteniendo a los individuos en una búsqueda perpetua de la satisfacción y una eterna insatisfacción (la modernidad líquida que describiera Zygmunt Bauman como característica central de la sociedad de consumo).
Las relaciones sentimentales son un reflejo de esto: cada uno con su vida, su trabajo, su mundo, a veces, hacemos algo juntos, y no se quiere tener hijos, porque implica demasiada responsabilidad, que no se quiere asumir, porque impide tener una “buena vida”, y se prefieren las mascotas.
El filósofo coreano Byung Chul Han habla de un sistema de dominación que utiliza un poder seductor, inteligente, que consigue que los hombres se sometan por sí mismos en la sociedad actual, al que llama psicopolítica. A través de él, se pretenden libres, y son en realidad esclavos absolutos, en la medida en que se explotan a sí mismos de forma voluntaria, sin amo que los obligue a trabajar.
Ese sujeto empresario de sí mismo, es incapaz de establecer con los otros relaciones libres de una finalidad (como habitualmente sucede entre empresarios). Pero ser libre significa estar en una coexistencia satisfactoria, cuando la humanidad está entrando en una crisis, con escasa vida pública; todos trabajan a distancia, ganan dinero, pero no ven el mundo. Y ese aislamiento total no nos hace libres.
Solo dentro de la comunidad con otros, los individuos tienen los medios necesarios para desarrollar sus dotes en todos los sentidos; solo dentro de la comunidad es posible la libertad personal: ser libre es realizarse mutuamente. El valor central de la solidaridad. El agobio, la depresión y el burnout que hoy acosan a los miembros del equipo de salud, son expresión de esa profunda crisis de la libertad.
Hoy muchos de nosotros somos ese trabajador que se explota a sí mismo, y por el aislamiento, no se forma ningún “nosotros” político con capacidad para una acción común, y el ciudadano se convierte en el consumidor del que hablaba Bauman.
Así, los votantes, como consumidores, no tienen interés real por la política, solo reaccionan quejándose, igual que el consumidor ante las mercancías y los servicios que le desagradan. ¿Parecido a la realidad actual de nuestra salud pública?
Políticos y partidos también siguen esta lógica del consumo, y se degradan a proveedores que deben satisfacer a los votantes. La exigencia de transparencia que hoy se exige a los políticos, no es una reivindicación política de un ciudadano con iniciativa, sino la de un espectador pasivo.
La participación solo se entiende como reclamación y queja. Una sociedad de la transparencia, poblada de espectadores y consumidores, es una democracia de espectadores. ¿Parecido a la realidad de nuestro sector? ¿Cómo será la salud pública en esta crisis?
Necesitamos reconstruir la lógica de cómo se construye y concibe la política sanitaria, en el Estado, en las universidades, en las cámaras dirigenciales. Como se priorizan los valores, se definen los programas, el modelo de atención, el financiamiento.
El Estado no debe garantizar solo acceso, debe absolutamente garantizar acceso a procedimientos, insumos y tecnologías que disminuyan la carga de enfermedad de la sociedad que conduce.
Las universidades dejar de privilegiar un modelo de enseñanza que orienta a los jóvenes hacia una forma de pensar lineal, centrada en el poder y la lógica del consumo. Deben reafirmar su compromiso ético con el conocimiento que allí se genera, dar contenido político a la actividad científica. Es urgente ante un mundo que aleja a las personas de la acción comunitaria.
Hay que intentar impulsar ese cambio en los jóvenes, ese principio ético que luego se pierde en la lógica del mundo que aquí se critica. El sistema de salud opera desde hace mucho tiempo con incentivos perversos: si bien hay mayor valor moral y económico en mantener a las personas sanas que en tratarlas una vez que enferman, el sistema centra sus recursos principalmente en el tratamiento, y no en la prevención.
Los médicos y otros profesionales de la salud están capacitados para diagnosticar y tratar enfermedades; y los hospitales y los centros de salud son fundamentales, y lo que hacen es absolutamente importante, pero ni ellos ni los hospitales donde trabajan pueden mantenerse fácilmente si se esfuerzan por impedir que las personas utilicen los servicios que ofrecen.


Posiblemente habría que pensar en un nuevo desafío: el de incentivar a ganar dinero manteniendo a la gente sana.

(*) Presidente del Instituto de Política, Economía y Gestión en Salud (IPEGSA)
 

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