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Membra disiecta o disiecta membra es un término latino que
significa literalmente “miembros dispersos” o “restos
dispersos”. Se utiliza para designar las partes o fragmentos de
un todo
arrancadas de su orden orgánico original, por ejemplo,
fragmentos de pergamino viejo arrancados de su códice para ser
reutilizados.
La metáfora resulta tentadora cuando se la traslada al sistema
de salud argentino. Sin embargo, afirmar que el sistema de salud
fue “desmembrado” supone, como punto de partida, la existencia
previa de un sistema coherente e integrado, algo que, en rigor,
nunca llegó a constituirse plena ni parcialmente -ni como idea,
modelo o imaginario.
Fue, a lo sumo, una sucesión de prohombres que no llegaron a
constituir un todo. Al decir de Marcelino Cereijido, tenemos
científicos, pero no ciencia. Más que la pérdida de una unidad
orgánica, lo que se observa es la persistencia histórica de una
configuración fragmentaria que, por su propia complejidad, sólo
podría sostenerse desde un paradigma distinto.
En ese sentido, el pensamiento complejo de Edgar Morin ofrece
claves fecundas: la recursividad, entendida como un proceso de
permanente renovación; la dialógica, que integra componentes
opuestos no como contradicción a resolver sino como tensión
constitutiva del pensamiento crítico; y la hologramaticidad,
según la cual cada parte contiene la idea del todo y el todo se
expresa en cada parte.
Desde esta perspectiva, el sistema de salud no se presenta como
una estructura unificada, sino como una yuxtaposición dinámica,
un “mosaico vivo”. Vivo, precisamente, por las cuotas de
autonomía, interdependencia y autoorganización que caracterizan
a sus componentes.
Pero hoy se mantiene una visión caleidoscópica, acorde a una
política camaleónica, con los trastornos que este biopoder
produce de manera cínica y perversa bajo la apariencia de
programas.
Esto es resultado de un accionar atravesado por múltiples
factores: desde disfunciones cognitivas y situaciones de estrés
o angustia hasta presiones políticas y, con particular
frecuencia, fuerzas motrices de carácter estrictamente económico
que, al resguardar sus márgenes de ganancia lejos del bienestar
humano, bloquean su despliegue potencial y vacían de sentido a
la salud como patrimonio básico de la comunidad.
¿Cómo salir de esta anestesia adaptativa que, como todo recurso
transitorio, se ha vuelto paralizante? Una anestesia cuyos
efectos -la insensibilidad, la anulación de la conciencia y el
bloqueo de la responsabilidad- terminan por invertir los
valores: se premia la mediocridad como modo de castigar el
talento.
De ahí la necesidad (o más bien, el deber) de no “tomar el
rábano por las hojas”, lo que obliga a diferenciar comentaristas
de observadores calificados y doxa de episteme, para así abordar
la visión de espacio-tiempo sanitario contemporáneo y dinámico.
Para avanzar es este camino, merece plantearse: ¿quiénes cumplen
hoy con el rol de salubristas? Entendiendo que el salubrismo
pretende la mejora de la salud colectiva mediante la puesta en
marcha de intervenciones esencialmente colectivas y con la
creación, desarrollo y ajuste de diversos sistemas sociales que
interactúan de forma más o menos funcional para la finalidad que
se propone, que sería la mejora de la salud y su distribución
con valores de justicia social.
La salud quebrada impone un llamado a despertar, a salir del
actual estado de anestesia y deconstruir lo devastado sabiendo
que desgarro no es herida: es disiecta membra. No se sale del
caos con proclamas, sino con propuestas elaboradas a partir de
criterios y dispositivos que el desarrollo
científico-tecnológico hoy nos aporta pero que no logramos
traducir en arquitectura institucional.
El velo que corrió la pandemia, tanto en el “pre”, el “durante”
y el “pos”, aún continúa sin ser destacado en su real dimensión.
En el “pre” desconocimos las indicaciones de la OMS; durante la
guerra biológica nos manejamos sin tablero de comando y en el
“pos” seguimos sin un balance. Hoy nos retiramos de la OMS,
mientras evalúan cómo prevenir la siguiente pandemia: ¿cuántos
murieron y cuántos dejamos morir?
Carecemos aún de una Gerencia Pública Contable, que transparente
las asignaciones de dinero y recursos; una Agencia de
Información y Comunicación, que centralice de manera sistemática
y responsable el conocimiento de la situación y las
recomendaciones a la población; el establecimiento meridiano de
las prioridades, que pasan por mitigar el sufrimiento; y
finalmente, un Registro de Fallas y Éxitos para desaprender y
aprender, la verdadera esencia del oficio médico: conocimiento
científico + práctica clínica = experiencia.
Como se advierte a simple vista, comprender la complejidad del
problema exige tiempo; pero aún mayor es la tarea de desarrollar
la capacidad, la destreza y la experiencia necesarias para
manejar los dispositivos -las herramientas- al servicio del
pensamiento crítico.
De ello depende la elaboración de políticas públicas
alternativas frente a un tema de carácter multiplanar:
filosófico, intelectual, cultural y moral, y no meramente
económico, como suele reducirse en reclamos sindicales o de
insumos que, con frecuencia, encubren prácticas corruptas. Se
trata, en definitiva, de impulsar de manera consciente la puesta
en marcha de procesos de construcción colectiva, con los flujos
y reflujos propios de todo avance que se realiza paso a paso.
Una resolución sustancial requiere un Acuerdo que trascienda la
actual desunión y exprese una genuina voluntad de articulación
nacional, capaz de recomponer la disiecta membra generada por la
ignorancia, la irresponsabilidad y la ausencia de un horizonte
común. De manera tal de dar consistencia a lo expresado por
Arturo Frondizi en su carta a John F. Kennedy: “somos un
territorio con vocación de Nación”.
Para darle valor de desafío y no de lamento, es imprescindible
enseñar, aún en una sociedad fallida, la búsqueda de la trans-
formación. Las transformaciones no se hacen con eslóganes sino
con acciones y el sistema de atención de la salud (pública) no
se hace con protestas sino con propuestas, y estas no se
elaboran con debates discursivos sino aplicando los principios
del pensamiento crítico: “Se debe tender a lo real y para ello
partir de lo real”. (Ígor Markévitch).
La reforma sanitaria que requiere la Argentina demanda contar
con:
Una
estructura integrada en un sistema de salud.
Una
estrategia que se exprese en un plan nacional que se
ejecute a nivel regional y provincial.
Una
cultura de producción, gestión y capacitación continua.
Empleando los adelantos científicos de esta nueva Revolución
Industrial -en particular aquellos vinculados a la ciencia y el
análisis de datos, y a su aplicación dinámica mediante la
inteligencia artificial-, resulta posible participar activamente
en la redefinición de los diseños sociales y urbanos y, desde
luego, en la reformulación de los propios diagramas médicos y
sanitarios. No se trata sólo de incorporar tecnologías, sino de
integrarlas de manera crítica y estratégica para ampliar
capacidades de planificación, anticipación y cuidado, alineando
innovación con bienestar colectivo.
La fragmentación sanitaria hace tiempo dejó de ser un mero
defecto de un sistema perfectible, para ser una forma de poder
que invierte la finalidad de la atención sanitaria,
convirtiéndose en un entramado de intereses, rutinas, incentivos
y miedos que se alimenta del desorden y lo reproduce.
Debemos reconocer dicha distorsión y encarar un rumbo de
transformación con determinación política, conocimiento
científico, y gobernanza responsable. Sólo de esta manera se
podrá elaborar el diagrama que contenga la Genuina Salud
Pública Argentina con sentido moral.
| (*)
Doctor en Medicina por
la Universidad Nacional
de Buenos Aires (UBA).
Director Académico de la
Especialización en
“Gestión Estratégica en
organizaciones de
Salud”, Universidad
Nacional del Centro -
UNICEN; Director
Académico de la Maestría
de Salud Pública y
Seguridad Social de la
Universidad del
Aconcagua - Mendoza;
Director de la Comisión
de Ciencia y Tecnología
de la Universidad de
Concepción del Uruguay –
UCU. Coautor junto al
Dr. Vicente Mazzáfero de
“Por una reconfiguración
sanitaria pospandémica:
epidemiología y
gobernanza” (2020).
Autor de “Una vida plena
para los adultos
mayores” (2024); “La
Salud que no tenemos”
(2019); “Argentina
Hospital, el rostro
oscuro de la salud”
(2004-2018); “Claves
jurídicas y
asistenciales para la
conformación de un
Sistema Federal
Integrado de Salud”
(2012); “En búsqueda de
la salud perdida”
(2009); “La Fórmula
Sanitaria” (2003). |
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