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 Columna

    

Bioética: la salud entre la biotecnología y la medicina tecnocrática

“La construcción de la vida se halla en estos momentos mucho más dominada por hechos que por convicciones, y por un tipo de hechos que casi nunca, y en ningún lugar, han llegado aún a fundamentar sus convicciones”
Walter Benjamin

Por el Doctor Ignacio Katz


Un problema es una situación en la que algo no encaja. Se logrará resolver si se plantean sus condiciones con claridad. Así, un análisis adecuado permitirá solucionarlo. Un dilema, por el contrario, es una situación en la que hay que optar entre caminos alternativos. Un dilema no tiene una solución, se lo enfrenta tomando una decisión. Requiere más discernimiento que análisis, más coraje que inteligencia, más una disquisición ética que un análisis cognitivo.
La bioética nos enfrenta a dilemas más que a problemas. A tomar decisiones que implican decisiones éticas (reflexiones sobre los valores que implican las acciones) frente a dilemas donde la moral tradicional (las conductas consideradas correctas) no alcanza a zanjar la decisión. Pero muchas veces la bioética queda reducida a situaciones particulares donde restricciones puntuales requieren una decisión individual o institucional específica. Queda un respirador disponible y dos pacientes que lo necesitan. ¿Qué hacer? ¿Qué criterios sopesar para priorizar la atención de uno u otro? ¿Su evaluación clínica solamente? ¿La edad entra en juego?
Evidentemente, estas situaciones son delicadas e importantes y como tales han sido tratadas por la medicina y la bioética, y es positivo que sigan discutiéndose. Aquí, sin embargo, me interesa más privilegiar las aristas sistémicas que generan condiciones particulares y menos la disyuntiva última de decisiones de atención, por caso, que funcionan como último eslabón en una larga cadena de decisiones previas (consientes o no, planificadas o no, monitoreadas o no), a niveles de política pública.
Una institución médica puede argumentar el priorizar la atención de uno u otro paciente en la sala de espera, pero no puede dar cuentas de la no atención a los innumerables ciudadanos que no están acudiendo al centro médico, por múltiples motivos. La bioética no debería responder solamente a disquisiciones individuales sobre valores morales, sino a planteos políticos sobre intereses económicos. ¿A qué insumos e infraestructura se destinarán las partidas presupuestarias?, ¿con qué laboratorios se acordará una colaboración clínica sobre determinada vacuna o fármaco?, ¿qué investigaciones priorizará la política científica nacional, y cuáles especialidades médicas las universidades?, ¿por qué contamos con investigación para crear vacunas y píldoras para determinadas enfermedades, dolencias o limitaciones, y no para otras? Aquí no entran en juego simplemente criterios profesionales, sino fuertes intereses económicos (y políticos). ¿Por qué determinada población recibe determinados medicamentos antes que otra? ¿Por qué algunos seres humanos son usados como prueba de reaseguro para otros, por no decir, conejillos de Indias?
Si adoptamos una mirada fractal, y alejamos el lente sobre cada paciente e incluso sobre cada estudio particular, e indagamos el mapa social de atención sanitaria, el agregado de estudios y consultas, apreciaremos la sobremedicalización, los estudios innecesarios, las intervenciones a veces incluso dañinas. En definitiva, una sociedad medicalizada en la era del consumo; una medicina tecnocrática.
Es precisamente en este contexto epocal que la bioética cobra una importancia mayúscula. Con componentes en permanente mutación y acciones y reacciones continuas y abiertas, debemos señalar hechos (partícipes de procesos) como:

1. Auténtica proliferación de códigos morales en actividades específicas donde los profesionales de la medicina se encuentran involucrados.

2. Conductas que son producto de su educación (o falta de la misma) para la salud y la ausencia de políticas de promoción de la salud debidamente elaboradas.

3. Desde el paciente, con frecuencia se comprueba que éste “regala su vida “y luego “le roban su muerte”, víctima de la medicalización tecnocrática del ejercicio profesional.

Se trata en definitiva de una profunda reflexión sobre la llamada por Hannah Arendt banalización del Mal, o, en otros términos, la distinción que realizara Max Weber entre la ética de la convicción (que se rige por los principios morales internos inquebrantables en cualquier circunstancia) y la ética de la responsabilidad, en que el actor político antepone las consecuencias posibles de la medida a ejecutar sobre sus ideales, reparando así el impacto general de su decisión. En sus palabras: “La ética del político no es solo ser fiel a sus principios, sino hacerse responsable de las consecuencias”.
Pensemos por caso en la biogenética: las mejores intenciones pueden resultar peligrosas. Trocar genes es delicado. En consecuencia, la biotecnología nos obliga a la valoración conceptual de la bioética frente a situaciones ingenuas o perversas, ya que el objetivo de la ciencia es mejorar la vida sin negar la autonomía e identidad de la misma con transparencia, a fin de evitar sujeción económica y, por qué no decirlo, presión farmacéutica.
Somos seres en evolución y la salud es la base de la ética y como seres biológicamente abiertos, la incertidumbre nos rodea. De ahí la cautela de actuar para prevenir todo daño. Desde el punto de vista de la investigación, un acto ético es el que se ejerce responsablemente, evitando el perjuicio a personas, que a veces se realiza inconscientemente, por estar vinculado el daño a los métodos que el investigador utiliza para la consecución de sus fines.
Vale señalar también que los llamados “conflictos” en esencia ocultan una decadencia intelectual epocal. Al hablar de “juego de intereses” nos referimos a conveniencias o necesidades de una persona o corporación, por un lado, y al interés nacional que se refiere al bienestar común, por el otro, cuando hoy es imprescindible la reconstrucción de la Nación. La condición de la Salud Pública torna pertinente la especificidad de su enfoque en medio de una anomia en la que prevalecen desacuerdos profundos y oposiciones irreductibles que hacen imposible ocultar la ausencia de gobernanza y por lo tanto de decisiones elaboradas estratégicamente válidas.
Así como no existe economía política del desarrollo sin política económica del desarrollo, tampoco existe “economía del conocimiento” sin “sociedad del conocimiento”, lo cual requiere, como base de una sociedad nueva, rechazar una visión mercantilista de la ciencia. Esta última solamente busca nichos de rédito financiero, mientras que la economía del conocimiento y la sociedad del conocimiento que deseamos es, en cambio, el soporte sustentable de valores de la dignidad humana.
Las decisiones que van configurando aspectos de la vida y la salud de la población se están tomando permanentemente, y muchas veces de manera solapada e implícita. En vez de intervenciones directas, muchas veces se trata de inercias institucionales y tendencias económicas que conducen en una dirección y no en otra. Se requiere de ponerse al frente de decisiones políticas que señalen los dilemas bioéticos, con necesaria prioridad de los profesionales e instituciones cualificados para comprender los aspectos técnicos, pero poniendo a disposición de conocimiento a la sociedad en su conjunto sobre las consecuencias sociales y humanas, para permitir un debate público.
La teoría de la comunicación dice que es imposible no comunicar; toda conducta humana es interpretada. Así también, toda acción u omisión es una decisión, y toda decisión es política. Con cada paso en una dirección, evitamos todas las otras direcciones posibles. Eso nos hace libres, pero también responsables. Conocer los escollos en el camino o en los caminos posibles, trazar senderos, planificar el viaje, preparar los pertrechos necesarios; todo eso, además de libres y responsables, nos hará mejores
 

(*) Doctor en Medicina por la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA). Director Académico de la Especialización en “Gestión Estratégica en organizaciones de Salud”; Universidad Nacional del Centro - UNICEN; Director Académico de la Maestría de Salud Pública y Seguridad Social de la Universidad del Aconcagua - Mendoza; Co Autor junto al Dr. Vicente Mazzáfero de “Por una reconfiguración sanitaria pos-pandémica: epidemiología y gobernanza” (2020). Autor de “La Salud que no tenemos” (2019); “Argentina Hospital, el rostro oscuro de la salud” (2018); “Claves jurídicas y Asistenciales para la conformación de un Sistema Federal Integrado de Salud” (2012); “La Fórmula Sanitaria” (2003).

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