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 Columna

    

DISIECTA MEMBRA: LA SALUD DESGARRADA

“Hay otros mundos, pero están en éste”
Paul Éluard

Por el Doctor Ignacio Katz


Membra disiecta o disiecta membra es un término latino que significa literalmente “miembros dispersos” o “restos dispersos”. Se utiliza para designar las partes o fragmentos de un todo
arrancadas de su orden orgánico original, por ejemplo, fragmentos de pergamino viejo arrancados de su códice para ser reutilizados.
La metáfora resulta tentadora cuando se la traslada al sistema de salud argentino. Sin embargo, afirmar que el sistema de salud fue “desmembrado” supone, como punto de partida, la existencia previa de un sistema coherente e integrado, algo que, en rigor, nunca llegó a constituirse plena ni parcialmente -ni como idea, modelo o imaginario.
Fue, a lo sumo, una sucesión de prohombres que no llegaron a constituir un todo. Al decir de Marcelino Cereijido, tenemos científicos, pero no ciencia. Más que la pérdida de una unidad orgánica, lo que se observa es la persistencia histórica de una configuración fragmentaria que, por su propia complejidad, sólo podría sostenerse desde un paradigma distinto.
En ese sentido, el pensamiento complejo de Edgar Morin ofrece claves fecundas: la recursividad, entendida como un proceso de permanente renovación; la dialógica, que integra componentes opuestos no como contradicción a resolver sino como tensión constitutiva del pensamiento crítico; y la hologramaticidad, según la cual cada parte contiene la idea del todo y el todo se expresa en cada parte.
Desde esta perspectiva, el sistema de salud no se presenta como una estructura unificada, sino como una yuxtaposición dinámica, un “mosaico vivo”. Vivo, precisamente, por las cuotas de autonomía, interdependencia y autoorganización que caracterizan a sus componentes.
Pero hoy se mantiene una visión caleidoscópica, acorde a una política camaleónica, con los trastornos que este biopoder produce de manera cínica y perversa bajo la apariencia de programas.
Esto es resultado de un accionar atravesado por múltiples factores: desde disfunciones cognitivas y situaciones de estrés o angustia hasta presiones políticas y, con particular frecuencia, fuerzas motrices de carácter estrictamente económico que, al resguardar sus márgenes de ganancia lejos del bienestar humano, bloquean su despliegue potencial y vacían de sentido a la salud como patrimonio básico de la comunidad.
¿Cómo salir de esta anestesia adaptativa que, como todo recurso transitorio, se ha vuelto paralizante? Una anestesia cuyos efectos -la insensibilidad, la anulación de la conciencia y el bloqueo de la responsabilidad- terminan por invertir los valores: se premia la mediocridad como modo de castigar el talento.
De ahí la necesidad (o más bien, el deber) de no “tomar el rábano por las hojas”, lo que obliga a diferenciar comentaristas de observadores calificados y doxa de episteme, para así abordar la visión de espacio-tiempo sanitario contemporáneo y dinámico.
Para avanzar es este camino, merece plantearse: ¿quiénes cumplen hoy con el rol de salubristas? Entendiendo que el salubrismo pretende la mejora de la salud colectiva mediante la puesta en marcha de intervenciones esencialmente colectivas y con la creación, desarrollo y ajuste de diversos sistemas sociales que interactúan de forma más o menos funcional para la finalidad que se propone, que sería la mejora de la salud y su distribución con valores de justicia social.
La salud quebrada impone un llamado a despertar, a salir del actual estado de anestesia y deconstruir lo devastado sabiendo que desgarro no es herida: es disiecta membra. No se sale del caos con proclamas, sino con propuestas elaboradas a partir de criterios y dispositivos que el desarrollo científico-tecnológico hoy nos aporta pero que no logramos traducir en arquitectura institucional.
El velo que corrió la pandemia, tanto en el “pre”, el “durante” y el “pos”, aún continúa sin ser destacado en su real dimensión. En el “pre” desconocimos las indicaciones de la OMS; durante la guerra biológica nos manejamos sin tablero de comando y en el “pos” seguimos sin un balance. Hoy nos retiramos de la OMS, mientras evalúan cómo prevenir la siguiente pandemia: ¿cuántos murieron y cuántos dejamos morir?
Carecemos aún de una Gerencia Pública Contable, que transparente las asignaciones de dinero y recursos; una Agencia de Información y Comunicación, que centralice de manera sistemática y responsable el conocimiento de la situación y las recomendaciones a la población; el establecimiento meridiano de las prioridades, que pasan por mitigar el sufrimiento; y finalmente, un Registro de Fallas y Éxitos para desaprender y aprender, la verdadera esencia del oficio médico: conocimiento científico + práctica clínica = experiencia.
Como se advierte a simple vista, comprender la complejidad del problema exige tiempo; pero aún mayor es la tarea de desarrollar la capacidad, la destreza y la experiencia necesarias para manejar los dispositivos -las herramientas- al servicio del pensamiento crítico.

De ello depende la elaboración de políticas públicas alternativas frente a un tema de carácter multiplanar: filosófico, intelectual, cultural y moral, y no meramente económico, como suele reducirse en reclamos sindicales o de insumos que, con frecuencia, encubren prácticas corruptas. Se trata, en definitiva, de impulsar de manera consciente la puesta en marcha de procesos de construcción colectiva, con los flujos y reflujos propios de todo avance que se realiza paso a paso.
Una resolución sustancial requiere un Acuerdo que trascienda la actual desunión y exprese una genuina voluntad de articulación nacional, capaz de recomponer la disiecta membra generada por la ignorancia, la irresponsabilidad y la ausencia de un horizonte común. De manera tal de dar consistencia a lo expresado por Arturo Frondizi en su carta a John F. Kennedy: “somos un territorio con vocación de Nación”.
Para darle valor de desafío y no de lamento, es imprescindible enseñar, aún en una sociedad fallida, la búsqueda de la trans- formación. Las transformaciones no se hacen con eslóganes sino con acciones y el sistema de atención de la salud (pública) no se hace con protestas sino con propuestas, y estas no se elaboran con debates discursivos sino aplicando los principios del pensamiento crítico: “Se debe tender a lo real y para ello partir de lo real”. (Ígor Markévitch).
La reforma sanitaria que requiere la Argentina demanda contar con:

Una estructura integrada en un sistema de salud.
Una estrategia que se exprese en un plan nacional que se ejecute a nivel regional y provincial.
Una cultura de producción, gestión y capacitación continua.

Empleando los adelantos científicos de esta nueva Revolución Industrial -en particular aquellos vinculados a la ciencia y el análisis de datos, y a su aplicación dinámica mediante la inteligencia artificial-, resulta posible participar activamente en la redefinición de los diseños sociales y urbanos y, desde luego, en la reformulación de los propios diagramas médicos y sanitarios. No se trata sólo de incorporar tecnologías, sino de integrarlas de manera crítica y estratégica para ampliar capacidades de planificación, anticipación y cuidado, alineando innovación con bienestar colectivo.
La fragmentación sanitaria hace tiempo dejó de ser un mero defecto de un sistema perfectible, para ser una forma de poder que invierte la finalidad de la atención sanitaria, convirtiéndose en un entramado de intereses, rutinas, incentivos y miedos que se alimenta del desorden y lo reproduce.
Debemos reconocer dicha distorsión y encarar un rumbo de transformación con determinación política, conocimiento científico, y gobernanza responsable. Sólo de esta manera se podrá elaborar el diagrama que contenga la Genuina Salud Pública Argentina con sentido moral.


(*) Doctor en Medicina por la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA). Director Académico de la Especialización en “Gestión Estratégica en organizaciones de Salud”, Universidad Nacional del Centro - UNICEN; Director Académico de la Maestría de Salud Pública y Seguridad Social de la Universidad del Aconcagua - Mendoza; Director de la Comisión de Ciencia y Tecnología de la Universidad de Concepción del Uruguay – UCU. Coautor junto al Dr. Vicente Mazzáfero de “Por una reconfiguración sanitaria pospandémica: epidemiología y gobernanza” (2020). Autor de “Una vida plena para los adultos mayores” (2024); “La Salud que no tenemos” (2019); “Argentina Hospital, el rostro oscuro de la salud” (2004-2018); “Claves jurídicas y asistenciales para la conformación de un Sistema Federal Integrado de Salud” (2012); “En búsqueda de la salud perdida” (2009); “La Fórmula Sanitaria” (2003).

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