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“Si mañana alguien describiera cómo lo atendiste, ¿qué diría de
tu manera de comunicar?” La respuesta a esa pregunta revela más
de nuestra práctica profesional de lo que imaginamos. Y
claramente también habla de la persona que somos más allá de lo
profesional.
La medicina se apoya en diagnósticos, terapias y tecnologías,
pe- ro lo que los pacientes recuerdan -y lo que transmiten a sus
familias- no es solo la precisión del tratamiento, sino cómo se
les habló, cómo se les escuchó y cómo se les acompañó en
momentos decisivos.
En un contexto donde la información circula con rapidez y las
decisiones se discuten colectivamente, la comunicación
médica–paciente ya no puede considerarse un aspecto secundario.
Es un eje central del cuidado, de la seguridad y también de la
identidad profesional.
Comunicación
como cuidado y como marca personal
Cada palabra, cada gesto y cada silencio son parte del acto
médico. No se trata únicamente de transmitir datos clínicos,
sino de construir confianza, reducir incertidumbre y sostener la
dignidad de la persona en momentos de alta vulnerabilidad.
A la vez, esa forma de comunicar se convierte en una marca
personal: la referencia que pacientes y colegas tendrán de cada
médico. Es lo que define si seremos recordados solo como
técnicos correctos o como referentes humanos y confiables.
Como toda marca, se construye con coherencia. Cada consulta,
cada notificación de malas noticias, cada espacio de
acompañamiento suma o resta a esa huella profesional.
Comunicación deficiente: un
riesgo clínico, legal, humano
Diversos estudios muestran que una proporción significativa de
los reclamos judiciales en salud no se originan exclusivamente
en errores técnicos, sino en deficiencias en la comunicación.
Humphrey et al. (2022), por ejemplo, analizaron reclamos de mala
praxis en Estados Unidos y encontraron que el 49% involucraban
fallas comunicacionales: de ellos, un 53% correspondía a
problemas entre médico y paciente, mientras que el 47% se daba
entre profesionales de la salud.
Lo más llamativo es que el 40% de esos fallos ocurría en
momentos de transferencia de cuidado (“handoff”), justamente
cuando la información debía ser más clara y precisa. Además, los
casos con fallas comunicativas resultaron más costosos y con
mayor impacto para los pacientes y las instituciones.
En la misma línea, un análisis de CRICO (el programa de riesgo
asociado a Harvard) sobre más de 23.000 casos reveló que el 30%
de las demandas médicas incluían algún tipo de error o
deficiencia en la comunicación, desde explicaciones incompletas
hasta uso de lenguaje técnico que el paciente no comprendía,
pasando por falta de información sobre riesgos o demoras en la
entrega de resultados.
Si bien estos datos provienen de otros países, la experiencia en
la Argentina refleja una tendencia similar: gran parte de las
quejas de pacientes y familiares no surge de la técnica médica
en sí misma, sino de cómo se explicó (o no se explicó) lo que
estaba ocurriendo.
Dicho de otro modo: la percepción de abandono o de falta de
escucha pesa tanto como un error clínico al momento de iniciar
un reclamo.
Veamos más en profundidad este punto, ya que entre las causas
más frecuentes de juicios por praxis médica (nótese que no
decimos mala praxis, debido a que ya con el mero título nos
encontramos con un sesgo negativo) se encuentran:
Indiferencia
percibida hacia el paciente.
Falta de
información clara y suficiente sobre diagnósticos, riesgos o
tratamientos.
Explicaciones confusas o contradictorias, que generan
desconfianza.
Entrega tardía
o incompleta de la historia clínica.
Ausencia del
profesional principal en momentos críticos.
Comentarios
inadecuados o despectivos sobre colegas responsables.
En la mayoría de los casos, el malestar del paciente o su
familia no surge solo de lo que ocurrió clínicamente, sino de
cómo se les explicó (o no se les explicó), cuándo se los atendió
y de qué manera se los acompañó.
La prevención de conflictos, entonces, está estrechamente ligada
a la calidad de la comunicación.
Principios clave en la
comunicación de malas noticias
Existen consensos internacionales y modelos conocidos -como
SPIKES, BREAKS o ABCDE- que marcan pasos estructurados. Más allá
de las siglas, lo esencial puede resumirse en algunos principios
simples:
Prepararse
primero como profesionales, con toda la información necesaria,
validarse en las emociones como profesional, no desconectar de
lo que nos pasa como operadores de la situación.
Preparar el
contexto: elegir lugar, tiempo y privacidad. Evitar
interrupciones de otras personas que pudieran ingresar o estar
escuchando. Tomarse el tiempo este momento crucial.
Anunciar que se
dará una noticia importante.
Diferenciar
diagnóstico de pronóstico: explicar lo que ocurre hoy y lo que
puede pasar mañana.
Usar lenguaje
claro y adaptado al paciente. Evitar excesivos tecnicismos.
Validar y
contener las emociones del paciente y familiares.
Ofrecer
opciones, escenarios posibles y acompañamiento concreto.
Disponibilidad.
Estos principios no son fórmulas rígidas, sino brújulas para
sostener la conversación sin perder humanidad ni claridad.
Comunicación y unidades de
prevención de conflictos. Herramientas de mediación
Las herramientas de la mediación sanitaria o mediación en salud
aplican estos mismos principios como base de su práctica.
Se trata de un espacio estructurado para abordar situaciones de
tensión, conflicto o incertidumbre en el ámbito de las
organizaciones de salud, donde la comunicación se transforma en
herramienta de cuidado y también de resolución.
En la mediación sanitaria, el énfasis está puesto en:
Reconocer y
validar emociones antes de entrar en la información técnica.
Explorar
necesidades reales más allá de lo que se dice en la superficie.
Promover un
lenguaje claro y accesible, que reduzca la distancia entre lo
técnico y lo humano.
Favorecer
acuerdos graduales y decisiones compartidas, en vez de imponer
soluciones.
Prevenir
conflictos antes de que escalen, creando puentes que transformen
la conversación, en un espacio de cooperación.
La mediación sanitaria no reemplaza la práctica clínica, sino
que la enriquece. Permite dar lugar a la voz del usuario
paciente y de la familia en un entorno cuidado, donde lo
relacional importa tanto como lo técnico.
No es necesario que los conflictos “salgan” de la organización y
se aborden en una mediación externa. Se pueden resolver
internamente.
Incorporar Unidades de Prevención de Conflictos dentro de obras
sociales, empresas de medicina prepaga, hospitales, clínicas y
consultorios es, además, una estrategia poderosa de prevención
de juicios y conflictos institucionales.
Cuidar con palabras, dejar huella
La comunicación adecuada no es un adorno: es una herramienta
clínica, un factor de prevención de conflictos y un pilar de la
identidad profesional.
La mediación sanitaria nos recuerda que, en cada interacción, lo
esencial es reconocer al otro como sujeto, contener la emoción y
abrir caminos de decisión compartida. La práctica clínica y la
mediación se encuentran en un mismo punto: el valor humano de la
palabra.
En un mundo donde la tecnología avanza y las pruebas
diagnósticas se multiplican, la diferencia humana se juega en el
encuentro. Allí, cada palabra puede ser brújula o tormenta.
La invitación es simple: elegir ser faro y construir tu
identidad profesional y organizacional a través de la
comunicación.
(*) Abogadas – Mediadoras - Consultoras en Mediación Sanitaria
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