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El sistema de salud lleva varias décadas en situación
crítica, con costos crecientes incorporación
indiscriminada de tecnologías, y sin solución de
financiamiento, ante la indiferencia de las autoridades,
y afectando a pacientes, financiadores y prestadores. La
elección de Javier Milei como presidente representó una
esperanza para una sociedad desilusionada con décadas de
gobiernos erráticos, y con el mensaje de que “no hay
plata”, se experimentó un giro en la salud pública.
En ese cambio se realizaron recortes al presupuesto
público, se presentó al Estado como un obstáculo y a la
justicia distributiva como perjudicial. La ideología
libertaria opuesta a la redistribución y la cooperación
multilateral busca transformar en el sistema,
presupuestos, instituciones, y el papel fundamental del
gobierno en salud.
Se han producido reducciones sustanciales del
presupuesto federal de salud, y las transferencias a
provincias argumentando que es constitucionalmente una
responsabilidad subnacional, no un mandato federal.
Se incluyo la apertura de competencia entre aseguradoras
privadas y seguridad social, la reducción de programas
clave, y se anunció la creación de una agencia de
evaluación de tecnologías que se vio frenada por la
oposición internacional.
La justificación de los cambios en la lógica de que la
salud es responsabilidad de las provincias, debilitó el
rol federal y los mecanismos de redistribución y
solidaridad histórica del sistema. Las reformas, que
pretenden mejorar eficiencia y calidad, generan
preocupación por el aumento de la inequidad, el
deterioro de resultados y la vulnerabilidad de
poblaciones marginadas.
El enfoque libertario privilegia austeridad y libertad
individual sobre intervención estatal, y plantea dudas
sobre el impacto a largo plazo de sus políticas. El
presupuesto del Ministerio nacional (menos de un tercio
del gasto total del sector público, uno de los más bajos
de A. Latina) disminuyó 13% en dólares en 2024-25.
El Gobierno adujo ganancias de eficiencia, pero se
afectaron programas e instituciones: entre 2024 y 2025,
los programas de VIH se redujeron más del 30%, los de
vacunación 7%, los de prevención del cáncer 47%, y la
cobertura de medicamentos esenciales 65%. Se produjeron
retrocesos en salud sexual y reproductiva, y los
recortes también perjudicaron los programas de salud
mental.
Este enfoque debilitó el papel compensador en equidad
del Ministerio de Salud, en un sistema en el cual el 40%
de la población (especialmente los quintiles más pobres)
depende únicamente de la cobertura pública, que está
mayoritariamente descentralizada en los gobiernos
provinciales.
Si bien el sistema tiene buen desempeño en los
principales indicadores, es inferior al esperado en
relación con la inversión del 10% del PIB (una de las
más altas de América Latina), y persisten desigualdades
dramáticas: el gasto público per cápita varía seis veces
entre provincias; la mortalidad infantil el doble entre
provincias ricas y pobres, y la mortalidad materna ocho
veces, perpetuando la indignidad de morir y enfermar
según el “código postal”.
Entre las reformas, la más sustancial reestructuró el
sistema de seguridad social, al permitir que
aseguradoras privadas compitan directamente con las
obras sociales, y se enmarcó esto como una mejora en la
calidad de atención y la capacidad de elección, aunque
conlleva riesgos sustanciales para la equidad y
solidaridad del sistema, al aumentar la segmentación del
riesgo y la estratificación según ingreso.
El retiro de la OMS, alegando soberanía sanitaria y
críticas a la respuesta a la pandemia, podría excluirnos
de los sistemas de vigilancia de enfermedades, los
mecanismos de preparación para pandemias, y los debates
sobre gobernanza sanitaria global. En agosto, estalló un
escándalo después de que fentanilo contaminado se
vinculara con casi 100 muertes, y se plantearon dudas
sobre la acción de la ANMAT, pero ilustra las
consecuencias del repliegue estatal de funciones
esenciales y marca los límites de la austeridad.
Las obras sociales están en crisis financiera, obligando
a muchos ciudadanos a pagar de su bolsillo servicios y
medicamentos. Las dificultades operativas en PAMI
generan problemas en la atención. La Superintendencia de
Servicios de Salud no tiene fondos para el
financiamiento de medicamentos de alto costo, y algunas
prestaciones llevan años sin ser abonadas, mientras el
precio de los medicamentos, sigue en aumento
comprometiendo hasta el 40% de los ingresos de los
financiadores.
La gestión requiere cambios sustanciales, pues la falta
de coordinación y regulación efectiva, y políticas
fiscales y de distribución inequitativas, profundizan
asimetrías y un deterioro progresivo que afecta a los
pacientes y los indicadores de desempeño. La detección
temprana de cáncer no cuenta con una estrategia
centralizada, y los índices de inmunización nunca fueron
tan bajos.
Esta reticencia refleja una postura ideológica contra el
gasto en salud pública preventiva y la coordinación
centralizada. Los profesionales de la salud enfrentan
salarios bajos, sobrecarga laboral y pérdida de
vocación, mientras el sistema aumenta su desigualdad y
concentración en pocos actores ganadores.
El costo de la salud ya no se puede financiar por los
mecanismos conocidos, y laboratorios y prepagas hoy
conducidos por financistas no tienen más esa visión que
transformó una parte de la vida de las personas e hizo
curables infecciones y enfermedades mortales.
Se ha naturalizado que salud y educación son gastos de
bolsillo y se dejó libradas a las personas a su suerte,
y a pacientes y equipos de salud postergados u
olvidados. La gente no reclama, silenciada por el
agobio, porque, aunque tenga prepago, le retacean
prestaciones, y aunque se preocupe por pagar una
cobertura, hoy no alcanza a cubrir la cuota, aunque los
dos integrantes de la familia trabajen formalmente y
aporten el 9 % cada uno. Pero la fuerza de lo
aspiracional, la crisis y el nuevo descreme de las obras
sociales, hacen que las personas se priven de otras
cosas, para pagar educación de los hijos y salud.
Parece un final de época. El sistema, en terapia
intensiva hace treinta años, parece estar navegando a
ninguna parte, o tal vez el plan este yendo hacia lo
esperado: provincias que se hagan cargo de la salud de
sus habitantes, traspaso de las cápitas más altas a los
prepagos, su integración vertical, desaparición de obras
sociales, deterioro de la capacidad instalada y en el
nivel de ingreso de los profesionales de la salud.
Sin duda, se requerían reformas para abordar las
persistentes inequidades e ineficiencias, pero el
enfoque actual plantea interrogantes; los recortes
presupuestarios, y una reestructuración orientada al
mercado, podrían exacerbar los problemas subyacentes.
La reforma requiere intervenciones focalizadas para
fortalecer subsidios cruzados y mancomunación de
riesgos, y redistribución de fondos de ricos a pobres,
sanos a enfermos y jóvenes a mayores. Es prematuro
realizar una evaluación integral de las políticas
actuales, y solo en los próximos años se podrán mensurar
los cambios, en acceso y resultados, y la sostenibilidad
del enfoque libertario de la rectoría sanitaria.
Pero hay un profundo cambio ideológico que privilegia la
austeridad, reduce las responsabilidades federales en
salud y se aleja de la redistribución y tradicional
solidaridad de nuestro sistema, y la presentación de
estas medidas como una defensa de la libertad frente a
la intervención estatal conmueve los cimientos de la
salud pública.
Solo cambiando la cadena de comercialización de
medicamentos, haciendo compras directas, rompiendo con
los oligopolios de la distribución, o las droguerías, no
se soluciona el problema. Tampoco con la delegación en
las jurisdicciones de los servicios de salud; sin
cambiar el modelo de atención, especialmente cuando hay
una sobrecarga en los prestadores públicos.
Fortalecer la construcción de redes integradas debería
ser el camino. La responsabilidad de garantizar el
acceso a la salud no puede ser de los privados, y los
que no tengan esa cobertura, morir esperando una cama o
un medicamento.
En un sistema a la deriva los ciudadanos que no tienen
otras opciones, no se atienden con el superávit fiscal,
un programa de estabilización, u otros problemas “que
parecen ser más importantes”, como el swap con EE. UU.,
Cristina, o Espert.
Nadie piensa o busca una salida, y el mercado no lo
hará, pues tiende a buscar nichos de financiamiento, y
deja tras de sí agotamiento moral, bajos salarios y
honorarios de los equipos de salud que sostienen el
sistema, y deben subsistir trabajando en varios empleos,
con solo uno o dos ganadores en esa batalla.
Este presente requiere muchas correcciones que no pueden
esperar, reformas profundas y estratégicas para evitar
el colapso definitivo del sistema. Los hospitales deben
volver a ser empresas que construyan equidad, actuando
sobre la desigualdad injusta y subiendo el nivel
prestador, cuando ya la motosierra no tiene más
prestadores privados por fundir, y los años de vida
perdidos se tornan difícilmente recuperables
| (*) Presidente del
Instituto de Política, Economía y Gestión en
Salud (IPEGSA) |
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