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 Columna

    

REPENSAR Y RECONECTAR LA GESTIÓN SANITARIA

“Para cambiar la realidad,
debemos partir de la realidad misma”
Ígor Markévich

Por el Doctor Ignacio Katz


En un reciente escrito, el pensador español Daniel Innerarity señala que las principales crisis que caracterizan al mundo actual tienen tres propiedades que las hacen especialmente complejas y muy difíciles de gestionar: que son en buena medida inevitables, que no se explican por un solo factor y que son totales.
Inspirados en la teoría cuántica, podríamos afirmar que existe una interacción e interrelación que conecta inescindible y constitutivamente a cada ámbito de la vida social: el clima, el modelo productivo, la desigualdad, la desinformación, el autoritarismo, etc. La crisis sanitaria debe entenderse imbricada en esta red global, con sus peculiaridades nacionales.
En esta lógica, urge retornar al pensamiento crítico frente a la corrosión social en un mundo que se está volviendo acrítico, sin tiempo para la reflexión, cada vez más complejo y problematizado. Sólo así será posible superar la etapa del “como si” y enfrentar lo que denomino el efecto ocaso: la atrofia del pensamiento en un medio ambiente donde se expande el virus tóxico de la corrupción, la mediocridad y la ignorancia.
La realidad argentina exhibe instituciones que aún responden a otras épocas: a productividades, poblaciones y biodiversidades que ya no existen, a tecnodiversidades perimidas y a infraestructuras urbanas que no dialogan con las actuales complejidades tecnológicas. Hoy, la proliferación de dispositivos y metodologías nos exige otra adecuación: logística, organizacional y cultural. No se trata de una disputa académica, sino de enfrentar valores morales e intereses económicos que condicionan la salud colectiva.
Permítanme recordar como ejemplo de estas falencias una vivencia personal, que fue mi experiencia como director de la Comisión Normalizadora del Hospital Posadas. Mi renuncia, en 2001, no fue un gesto de derrota sino de testimonio. Como escribí entonces, lo hice “con desencanto, pero sin desesperanza, con tristeza, pero sin claudicación”, con el propósito de despertar conciencia frente a una realidad donde “la víctima es la sociedad necesitada de los servicios médicos que el Hospital debería proveer, pero no provee satisfactoriamente”. El Posadas se me reveló como un escenario donde prevalecían “intereses, mezquindades y mediocridades” por encima del esfuerzo de quienes trabajaban con eficiencia.
Sin embargo, también fue posible comprobar que modificaciones ambientales simples -parquización, seguridad, salas remozadas, bancos para los pacientes, inauguración de consultorios pediátricos y saldar deudas laborales- podían transformar las conductas médicas para eficientizar y dignificar la atención. El balance me confirmó que es posible transformar, pero que el obstáculo no era técnico ni presupuestario, sino político y ético. Se debe enfrentar el desánimo, negarse al silencio y sostener conductas que intenten reparar lo dañado.
Frente a una realidad marcada por la fragmentación y dispersión del sistema de salud, el desafío no es suprimir los componentes de la ecuación sanitaria que han mostrado su validez histórica, sino conjugar Estado y mercado. Karl Popper lo expresó con nitidez: “Un mercado libre sólo puede existir en el marco de un orden jurídico creado y garantizado por el Estado”.
En nuestro caso, ello se traduce en la fórmula sanitaria y sus componentes: financiador, prestador, proveedor y usuario. Para que funcione, debe prevalecer la función de la coordinación -monitoreo, logística, información, comunicación-, de modo que derive en una verdadera ecuación sanitaria, donde confluyan la salud pública y la necesaria gobernanza: y así materializar el rol del Estado como garante intransferible del derecho a la protección sanitaria.
Pero ningún reconocimiento de derechos puede sustituir la falta de estructuras y de acciones adecuadas. Es necesario asumir la cascada conceptual de Mario Bunge, donde señala que no hay deseo sin estructura, estructura sin sistema, sistema sin función, función sin órgano y órgano sin finalidad. En este caso, el órgano que se impone como clave es el necesario Gabinete Estratégico de Gestión Operacional y su correspondiente Tablero de Co- mando que, con idoneidad y responsabilidad, conduzca los devenires cambiantes de la transición permanente.
No basta con reparar edificios o ampliar presupuestos: se requiere renovar la dirigencia. Hoy, seguimos atrapados en esquemas rígidos de macro, meso y microgestión perimidos y que son responsables directos del retroceso. Como demostró el reciente Nobel de economía, en un enfoque donde combina el efecto y la dinámica macro con el proceso micro (donde ocurre la innovación y disrupción). Necesitamos ejercitar el pensamiento crítico y abandonar la “tecnolatría” enunciativa.
No alcanza con acumular datos: hace falta comprensión y visión fractal capaces de detectar problemas de fondo y los pasadizos que los conectan. A sabiendas de que una gestión sin planificación se limita a administrar la superficie de los hechos; sólo una formación orientada al reconocimiento de los factores determinantes, condicionantes y predisponentes de los problemas sanitarios puede ofrecer dirección y sentido. Aquí resulta pertinente evocar a Paracelso: “todo diagnóstico contiene la terapéutica”. Del mismo modo, todo acto médico debe contener lo investigado, lo analizado y lo discernido.
El futuro ya llegó. No hablamos de un porvenir lejano, sino de una mutación antropológica profunda que ya transforma los modos de producir, gestionar y cuidar la vida. En este contexto, la gestión sanitaria debe incorporar una nueva racionalidad: la gestión de datos, la adaptabilidad tecnológica y la resolución inteligente de problemas.
Para ello se requieren equipos adaptativos tecnológicos, que operen con dispositivos disruptivos y modelos de eficiencia probados en otros ámbitos: joint ventures, clústeres, plataformización, medicina traslacional -que articule hospitales, laboratorios y universidades- con modelos de gestión integral del paciente, que eviten intermediaciones innecesarias y optimicen recursos.
No se trata de reproducir formatos comerciales, sino de apropiarse de su racionalidad adaptativa, rompiendo patrones perimidos, saltando etapas y evitando inversiones redundantes que el país ya ha realizado. Así como los observatorios regionales de hipertensión, diabetes y obesidad permiten monitorear variables críticas, lo que se requiere no es una acumulación cuantitativa de datos sino su uso cualitativo para generar conductas preventivas. En esta perspectiva, la historia clínica digitalizada no es sólo una herramienta para el paciente, sino un patrimonio de conocimiento colectivo, indispensable para las generaciones futuras.
Se trata de hacer visible lo invisible, de revelar los desbalances en la distribución del gasto sanitario y de reorientar los recursos hacia la prevención, la investigación y la gestión eficiente. Necesitamos volver a pensar el sistema sanitario como un todo articulado. El mercado, cuando innova con tecnologías disruptivas o modelos interdisciplinarios ágiles y de bajo costo, muestra que es posible articular lo público y lo privado bajo esquemas cooperativos. A sabiendas que la clasificación “pública/privada” es puramente instrumental, ya que toda el área sanitaria es pública: de ahí la responsabilidad ineludible que conlleva para el Estado nacional (sin omitir el principio de subsidiaridad, característica primaria del federalismo en la integración de la Nación).
En ese sentido, la creación de un Sistema Federal Integrado de Salud es imprescindible para armonizar los servicios públicos y privados mediante la certificación de efectores y coordinación por niveles de atención oportuna y adecuada: garantizando igualdad en el acceso y calidad científica. Con fortalecimiento de participación ciudadana, formación profesional y gobernanza responsable, el Estado podrá cumplir su rol intransferible como garante del derecho a la protección sanitaria, articulando redes bajo un Plan Nacional de Salud eficiente y equitativo.


(*) Doctor en Medicina por la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA). Director Académico de la Especialización en “Gestión Estratégica en organizaciones de Salud”, Universidad Nacional del Centro - UNICEN; Director Académico de la Maestría de Salud Pública y Seguridad Social de la Universidad del Aconcagua - Mendoza; Director de la Comisión de Ciencia y Tecnología de la Universidad de Concepción del Uruguay – UCU. Coautor junto al Dr. Vicente Mazzáfero de “Por una reconfiguración sanitaria pos-pandémica: epidemiología y gobernanza” (2020). Autor de “Una vida plena para los adultos mayores” (2024) “La Salud que no tenemos” (2019); “Argentina Hospital, el rostro oscuro de la salud” (2004-2018); “Claves jurídicas y asistenciales para la conformación de un Sistema Federal Integrado de Salud” (2012); “En búsqueda de la salud perdida” (2009); “La Fórmula Sanitaria” (2003).

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